¿Nos enoja que el AIFA haya estado atiborrado de viajeros en días pasados? Pues, realmente no. Qué más quisiéramos que la edificación de un nuevo aeropuerto hubiera acabado con la saturación del de siempre. O sea, que millones y millones de pasajeros atestaran sus puertas de embarque y que los aviones aterrizaran uno tras otro en las pistas y que se hubiera convertido en un hub internacional (un gran centro de conexiones aéreas, dicho en la maltratada lengua castellana que parloteamos en estas tierras conquistadas) perfectamente capaz de competir con el de Panamá-Tocumén o, ya en plan desaforadamente grandioso, de destronar al de Dallas-Fort Worth, y que hubiera ahí deslumbrantes tiendas de artículos libres de impuestos y numerosos restaurantes de postín adosados a sus galerías comerciales y que las áreas de seguridad estuvieran equipadas con los más modernos aparatos, en fin, que aquello, el proyecto estrella del anterior primer mandatario de esta nación, fuere el más clamoroso de los éxitos en el apartado de las infraestructuras.
Después de todo, no somos nosotros, los críticos que tan envenenada de odio tenemos el alma –con perdón de la farragosa sintaxis—, quienes hemos dispuesto que en el mentado aeropuerto no operen Air France-KLM, Lufthansa, Iberia, American Airlines y otras tantas compañías, ni somos tampoco los que estemos pastoreando a los “clientes” (así les llaman ahora las aerolíneas a los “pasajeros”) para que sigan usando, contra viento y marea, las vetustas instalaciones de la terminal 1 del AICM o los menos ruinosos servicios de la otra estación aérea.
Lo que nos enfada, irrita y mosquea, ahí sí, es que a estas alturas del partido no tengamos un aeropuerto de verdadera clase mundial, siendo el país que somos, y que la mera cancelación del NAICM en Texcoco haya costado unos 300 mil millones de pesos, considerando la inversión ya ejecutada (dinero perdido), el pago de la deuda generada, la recompra de los bonos con que se iba a financiar la obra y, por si no fuera ya un criminal tiradero de recursos, que el costo de construir otro aeropuerto haya superado los 80 mil millones de pesos (o hasta más, según diferentes estimaciones) y que la factura global, entre pitos y flautas, sea de unos 450 mil millones de pesos.
Y, pues sí, eso sí que ya calienta…