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Sábado , 16.02.2019 / 01:43 Hoy

Columna de Rogelio Villareal

Stalin y la feminista

Rogelio Villarreal

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Aunque fue acusada por el estalinismo de ser una feminista burguesa al estilo de las feministas occidentales, Alejandra Kollontai (San Petersburgo, 1872) fue una marxista que distinguía claramente entre el feminismo burgués y el proletario, como lo deja ver en libros y artículos como El día de la mujer, de 1913: “¿Cuál es el objetivo de las feministas burguesas? Conseguir las mismas ventajas, el mismo poder, los mismos derechos en la sociedad capitalista que poseen ahora sus maridos, padres y hermanos. ¿Cuál es el objetivo de las obreras socialistas? Abolir todo tipo de privilegios que deriven del nacimiento o de la riqueza. A la mujer obrera le es indiferente si su patrón es hombre o mujer” [puede leerse en Marxist Internet Archive: www.marxists.org].

Kollontai fue obligada a exiliarse de Rusia por escribir contra el gobierno autoritario del zar Nicolás II. Hizo campaña en Europa contra la Primera Guerra Mundial, de la que denunciaba su carácter imperialista, hasta que los acontecimientos que desencadenarían la Revolución de Octubre la hicieron regresar. Fue elegida miembro del Comité Central del Partido Comunista (PC) y trabajó de cerca con Lenin en la concepción de los sóviets, consejos de trabajadores que, en teoría, serían dirigidos por éstos, respetando invariablemente los principios del “centralismo democrático” del PC y la voluntad del Sóviet Supremo. En una entrevista con la comunista y feminista alemana Clara Zetkin, en 1920, ya con los bolcheviques en el poder, Lenin le respondió: “De lo que se trata es de ganar para nuestra causa a los millones de mujeres trabajadoras de la ciudad y del campo. Para nuestras luchas, y muy especialmente para la transformación comunista de la sociedad. Sin atraer a la mujer, no conseguiremos un verdadero movimiento de masas” (aquí puede leerse la entrevista: http://archivo.juventudes.org/clara-zetkin/entrevista-realizada-por-clara-zetkin-vlad%C3%ADmir-lenin-en-1924).

La vieja Rusia campesina se transformó en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y la feminista fue nombrada Comisaria del Pueblo para la Asistencia Pública, puesto en el que se empeñó en impulsar leyes que mejorarían la condición de las mujeres, otorgándoles el derecho al voto, salarios iguales por labores similares y liberalizando las relaciones familiares y sexuales, lo que incluía el derecho al aborto y al divorcio, además de protección a las embarazadas y beneficios como compensaciones por maternidad y guarderías; también despenalizó la homosexualidad y abogó por el amor libre. Hasta aquí dejaron llegar a la mujer que había organizado el Primer Congreso de Mujeres Trabajadoras en 1918 —desde el cual promovió la participación de las mujeres en todos los aspectos de la vida pública, sobre todo en la alfabetización— y que cofundó en 1921, con un dirigente metalúrgico, Oposición Obrera, un grupo libertario que pedía la dirección de empresas y fábricas para los sindicatos de trabajadores y la conducción de la economía por un congreso de productores; el poder al pueblo y no al Estado. Rompió con Lenin, ya muy enfermo y que moriría poco después, en 1924, mientras el rústico José Stalin se adueñaba del poder total en su cargo de secretario general del Comité Central del Partido Comunista. La disolución de Oposición Obrera fue inminente.

Hecha a un lado, Alejandra Kollontai fue nombrada embajadora —la primera en el mundo— en Noruega, en Suecia y, de 1926 a 1927, en México, lo que le salvó la vida, pues Stalin no tardaría en inaugurar una larga era de terror con los asesinatos y deportaciones de inocentes y opositores, incluyendo el 70 por ciento de los antiguos dirigentes bolcheviques. (En su diario, la embajadora soviética apuntó: “La revolución es un factor de progreso cuando a través de ella se van resquebrajando los obstáculos económicos y de clase que impiden el incremento y desarrollo de las fuerzas productivas. Sin esta característica ‘las insurrecciones’ no son revoluciones y no cumplen con su principal cometido. A pesar de las múltiples “revueltas”, en México todavía no ha habido una revolución”, véase Rina Ortiz, Alexandra Kollontai en México. Diario y otros documentos, Universidad Veracruzana, 2012, p. 26. La altura de la Ciudad de México le sentó mal y al cabo de dos años pidió su traslado a otro país.)

El puritano Stalin dio marcha atrás a varias de las conquistas que había conseguido el trabajo político de Kollontai: derogó medidas a favor de la igualdad, penalizó nuevamente el aborto y la homosexualidad, fortaleció la familia tradicional, condenó la promiscuidad, el adulterio y la prostitución, y en adelante los costosos trámites de divorcio debían ser pagados por los interesados. Decepcionada, murió en Moscú en 1952, poco antes de cumplir ochenta años. “La mujer casada, la madre que es obrera”, había dicho, “suda sangre para cumplir con tres tareas que pesan al mismo tiempo sobre ella: disponer de las horas necesarias para el trabajo, lo mismo que hace su marido, en alguna industria o establecimiento comercial; consagrarse después, lo mejor posible, a los quehaceres domésticos, y, por último, cuidar de sus hijos”.



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