A mediados de marzo apareció un ratón en mi casa. Lo vi correr y saltar detrás del refrigerador una madrugada sin que sus acciones me dejaran actuar. Una vez vi a mi abuelo colocar una trampa pegajosa en su patio para luego aplastarlo con la bota. Sus ojos, como de goma, se hicieron grandes hasta reventar como pasa en las caricaturas.
Mientras compraba los artículos para cazarlo recordé aquel momento, pero también llegaron a mi mente dos lecturas que siempre mantengo frescas. La primera es Cosmópolis (Seix Barral, 2003) de Don Delillo, novela que justamente empieza con el epígrafe del poeta y ensayista Zbigniew Herbert: La rata deviene moneda de curso legal.
A mitad de la trama, la cual sucede durante una manifestación anticapitalista en el Nueva York del año 2000, el protagonista conversa sobre la economía del futuro con su experto en informática mientras un grupo de manifestantes graffitea su limosina: la rata se convierte en la moneda que rija el mercado, “tremendo impacto en la economía”, responde. Proponen que cada dólar americano sea canjeable por su valor en ratas. El diálogo crece en intensidad mientras despliegan visiones apocalípticas: “Hoy la rata ha cerrado por debajo del euro”, “Existe preocupación de que la rata rusa se devalúe”, “Gran Bretaña entra a la zona rata”.
¿Qué pasaría si la economía mundial tuviera una moneda que se reproduzca por sí sola? A pesar de una crisis de salud global, Delillo describe el funcionamiento de una bitcoin orgánica. Tan sólo es ficción.
Dos semanas pasaron sin que el ratón cayera en alguna de las trampas, mi abuelo lo había logrado tan fácil, sólo tuvo que esperar. El ratón de ahora tiene mayor olfato de supervivencia.
En la enigmática novela V. (Tusquets, 2008) del autor Thomas Pynchon, uno de sus personajes, Benny Profane, participa en la caza de lagartos gigantes que habitan desechados en el desagüe, en su viaje por el submundo encuentra un culto dedicado a la veneración de las ratas, en particular de una de gran tamaño llamada Verónica y que en su delirante historia podría ser la recreación del cristianismo.
Con el tiempo abandoné la búsqueda por el pequeño ratón. A veces pienso que fue un delirio de la pandemia o un presagio de este 2020: el año de la rata.