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Domingo , 21.04.2019 / 06:33 Hoy

Perdón, pero...

Notre-Dame: religión y cultura

Roberto Blancarte

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Fue lo primero que vi de París, donde viví casi siete años. Salí del metro cargando mis maletas y allí la vi, a mi izquierda, irguiéndose como lo que era, una maravilla arquitectónica del medievo. Sobrevivió a los bombardeos de la Primera Guerra Mundial, que llegaron a tocar otra iglesia cercana, la de Saint Gervais y Protais. Sobrevivió a la locura de Hitler, que ordenó incendiaran París, a lo que se negó el general alemán encargado de su desocupación. Y muchas otras calamidades que suelen afectar a los edificios históricos. Pero algo sucedió y, en medio de reparaciones, la catedral de Notre-Dame se incendió. Es, obviamente, una tragedia que afecta esta sede episcopal católica de París, pero va mucho más allá. Significa la destrucción, esperemos que solo parcial, de uno de los monumentos más representativos de la arquitectura gótica que vino a reemplazar la románica y a conectar de manera distinta a los creyentes con su Dios, desde el momento que sus muros, gracias a bóvedas novedosas y contrafuertes, se podían alzar hacia el cielo, permitiendo la entrada de luz y una espiritualidad distinta. Estaba allí, y esperemos que se haya conservado, la corona de espinas que el rey San Luis compró por una fortuna a mercaderes venecianos y que, según la tradición, habría portado Cristo en su calvario. La sacaban un viernes de cada mes para exponerla a los feligreses que quisieran besarla (el vidrio que la protege, por supuesto) en solemne ceremonia presidida por sacerdotes provenientes del Oriente jerosolimitano. Hace poco, por curiosidad, la fuimos a ver mi esposa y yo. El ritual era realmente digno de presenciarse. Notre-Dame, a pesar de la secularización y sus 13 millones de visitantes, lograba seguir siendo una iglesia en funciones, con sus misas y conciertos de órgano que la llenaban de sonidos barrocos.

Esperemos que sus torres se mantengan con sus campanas de 13 toneladas. Un día subí con mi hermano, que quería comprobar si la descripción que hacía Victor Hugo de la vista de París desde allí se parecía a lo que veíamos en la actualidad. El guardián era un originario de las islas Caledonias, aunque se asumía como Quasimodo renacido. Nos encerró en el techo hasta que nos contó todas sus historias. Y hace poco tiempo visité también el museo arqueológico que está a sus pies y guarda la historia de la isla de la Cité desde tiempos prerrománicos. Mucho cambiará ahora, pero esperemos que la catedral renazca de entre sus cenizas. Es el mejor ejemplo de la relación y de la transición entre religión y cultura que está conociendo Europa desde hace varias décadas. Las catedrales, aun aquellas que logran mantener su función religiosa, se han convertido en monumentos culturales. Por ello su quebranto no es únicamente el de los feligreses que perdieron su espacio religioso. Significa un símbolo de la cultura occidental, que fue cristiana y ahora es secular. Es un lugar donde se practica el culto cada vez menos, pero que nos recuerda, al mismo tiempo, la fuerza de las creencias y la grandeza de sus constructores, el esfuerzo por trascender y la importancia de la cultura.

roberto.blancarte@milenio.com

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