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Columna de Roberto Blancarte

Religión, violencia y valores

Roberto Blancarte

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Los mexicanos, como muchos otros pueblos, estamos inmersos desde hace algunos años en discusiones acerca de lo que vemos como una descomposición en nuestro tejido social (es decir, lo que nos une y mantiene cohesionados, además de funcionales socialmente). No todos estamos de acuerdo en el problema, ni mucho menos en las soluciones. Por ejemplo, para muchos la libertad de los jóvenes de hoy es mala, para otros es buena, que las mujeres puedan decidir sobre su propio cuerpo (es decir, interrumpir un embarazo, si así lo desean o si alguien las violó) para algunos es bueno y para otros es malo, que personas del mismo sexo se puedan amar y puedan contraer matrimonio para algunos es malo y para otros es bueno. Más allá de estas diferencias, sin embargo, casi todos estamos de acuerdo que la violencia y la inseguridad en nuestro país ha llegado a niveles escandalosos e insoportables. La respuesta para muchos es que la sociedad ha perdido la brújula, que ya no hay “valores” o que estos no son suficientemente inculcados y que por lo tanto necesitamos difundirlos y enseñarlos nuevamente. Y se llega entonces a una conclusión espuria: que la respuesta a la violencia y la inseguridad es la introducción de dogmas y doctrinas religiosas. Si la gente fuera más religiosa —se dice— habría menos violencia. Lo cual es completamente falso. En realidad, las religiones, hasta ahora, no han podido evitar el crimen. Las cárceles están llenas de creyentes, de todas las religiones: hay católicos, protestantes, evangélicos, judíos, musulmanes, seguidores de la santa muerte, de todo tipo de sincretismos, etcétera. Y nuestro país, como como todo el subcontinente latinoamericano, es uno de los más violentos del planeta, a pesar de que casi el cien por ciento de sus habitantes de dice cristiano (en cualquiera de sus denominaciones). La inseguridad, junto con la desigualdad y otros males sociales, son claramente rampantes.

¿Cuál es la solución a la violencia? Algunos creen que el problema es que la gente no cree en Dios. Y se ponen a hacer propuestas para concesionar espacios de comunicación electrónica a las Iglesias. Pero está demostrado que los miembros del crimen organizado, así como los delincuentes comunes, suelen ser todos devotos de algún culto religioso, de algún santo o de alguna virgen. Lo cual muestra que los “valores religiosos” en sí, no son garantía de orden y civilidad, aunque las Iglesias puedan contribuir a ello desde su propio espacio. La verdadera solución radica en una combinación de aplicación de la ley para acabar con la impunidad y la inculcación de valores cívicos de convivencia, que muestren a todas las personas, independientemente de sus creencias, la importancia de respetar al prójimo, de entender que vivimos en una sociedad donde no todo mundo piensa igual y que la paz y el orden público nos benefician a todos. Si a eso le agregamos mayor justicia social, la posibilidad de que estos valores cívicos arraiguen, será mayor. Pero como la justicia social no se construye en un día, necesitamos comenzar por reconstruir una ética cívica basada en el respeto a los demás.

roberto.blancarte@milenio.com

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