Una inmensa pantalla la enteró de que su autobús saldría retrasado. Miró con fastidio y se dirigió hacia la zona de alimentos de aquella inmensa estación cuya techumbre galvanizada magnificaba el sonido de la lluvia que tenía varadas a tantas personas tan distintas en su interior.
Arreando una pequeña y fina maleta se formó pacientemente en la fila más corta. El hambre era poca y sin embargo se decidió por la tradicional combinación de papas fritas, hamburguesa y refresco.
Antes de pagar miró por encima de ese mar de gente y constató que todas las mesas del lugar estaban ocupadas. Hizo malabares con su bolso de mano, el equipaje y su reciente compra.
En el margen de aquel vocerío detectó una mesa de cuatro personas ocupada por un solo sujeto. Como pudo se dirigió hacia ahí. No fue hasta que aquel hombre consintió con un gesto silencioso para que ella ocupara uno de los lugares vacíos que la pasajera observó el aro plateado que atravesaba su nariz.
También le provocó desconfianza la chamarra negra estampada con imágenes de motocicletas y siluetas de mujeres desnudas.
Aunque 10 alarmas se encendieron al mismo tiempo, no había nada más que hacer. Una orquesta arbitraria de circunstancias la habían colocado en esa incómoda situación.
Apenas posó su refresco sobre la mesa, el sujeto que tenía frente a sí introdujo dos dedos sucios dentro de la caja que contenía las papas fritas y se llevó un par a la boca. ¡Que siniestra manera de cobrar renta por un asiento que no le pertenecía! Un pinchazo de dignidad la llevó a imitar al sujeto. Mirando fijamente al vecino ella también se apropió de una papa y luego la mordió cuidando que él apreciara su blanquísima dentadura.
El hombre no se inmutó y volvió a cobrar de nuevo. Luego se limpió la grasa con un paliacate que sacó de quién sabe dónde. La pasajera sabía que no continuaría mucho tiempo más en ese sitio, así que optó por guardar la hamburguesa dentro de su bolso, pero tampoco estuvo dispuesta a abandonar cobardemente aquel duelo.
Mirándose el uno al otro arremetieron sin intercambiar palabra hasta que terminaron con la última papa. Mientras tanto, ella intercaló sorbos pequeños de un refresco que, por fortuna, continuaba siendo suyo.
Antes de que a ese individuo se le ocurriera abusar de otra manera, la pasajera se puso de pie, presumió con un breve giro la marca de su equipaje y partió rumbo a los andenes.
El autobús que la llevaría de vuelta a casa de sus padres ya estaba abordando al pasaje. Entregó su maleta, mostró el boleto y subió sintiéndose mejor protegida.
Cuando por fin aquel transporte abandonó la estación, la pasajera buscó dentro de su bolso la hamburguesa que no quiso comerse antes. Ahí estaba, todavía tibia. Pero también halló un contenedor repleto de papas fritas que ella había guardado sin darse cuenta.
Una parte de su ser quiso reír por la situación, pero otra sintió una enorme vergüenza. No solo había importunado la soledad de aquel señor y había hurtado su alimento: en algún momento llegó a creer que, quien hacía lo que él hizo, podía también ser un violador, o peor aún, un asesino en serie.
Esta historia de la pasajera, cuyas muchas versiones sirven a la psicología para explicar el poder que tiene el prejuicio sobre las acciones cotidianas de los seres humanos, sería irrelevante si ella, en vez de guardar las papas dentro del bolso, las hubiera dejado olvidadas sobre el mostrador, después de pagar la cuenta.
Es más bien raro que la vida nos brinde la oportunidad de cuestionar nuestro sistema de creencias; ese conjunto contundente de ideas que usamos para interpretar la vida, el mundo, quiénes somos y quiénes son los otros.
Somos los lentes que utilizamos y por eso no nos permitimos cuestionarlos. Apartarse de ese sistema llega a ser muy doloroso, por eso lo defendemos como si se tratara del corazón que bombea sangre dentro del cuerpo.
No somos tolerantes con quien lo critica o lo pone en tela de juicio; se asume como una agresión que debe ser repelida con igual energía.
El sistema de creencias es el mapa donde se ubica la isla de nuestra identidad, el horizonte de nuestras posibilidades, la confianza en nuestras capacidades, el orden según el cual el otro y yo merecemos recompensas desiguales.
Las personas estamos dispuestas a respetar a quien es diferente, siempre y cuando ese otro no se atreva a hincar el filo de sus tijeras contra el tejido de nuestro credo.
En ningún momento la pasajera supuso que ella pudiese ser una ladrona. Su equipaje fino y sus modos distinguidos significaban un plebiscito permanente de su propia decencia.
En cambio, el anfitrión de la chamarra estampada y las manazas grasientas solo podía ser un sujeto abominable.
Esta parábola entrega una última enseñanza a propósito de la enorme dificultad que puede provocarse cuando dos sistemas de creencias apartados entran en colisión. Pareciera muy difícil que conecten, comuniquen o intercambien. Es como si dos computadoras con sistemas operativos opuestos intentasen vincularse a partir de códigos recíprocamente incompatibles.
Lo contrario ocurre cuando las personas que comparten un mismo sistema de creencias conectan entre sí. No solo ocurre que confirmen preferencias o gustos, lo más probable es que terminen reforzando su respectivo dogma, al mismo tiempo que tomarán distancia de aquellos individuos que no coincidan en prejuicios.
La historia de la pasajera sobre todo advierte respecto de lo injusta que puede llegar a ser la persona cuando es incapaz de revisar críticamente las creencias propias y las de aquellas personas que considera sus iguales.
Prácticamente nadie cree que el mal radique en uno mismo y, sin embargo, cuando los prejuicios gobiernan nuestros actos, somos material inflamable para dañar y también para hacernos daño.
Ricardo Raphael,
@ricardomraphael