Detrás de cada consulta, cada urgencia atendida y cada vida salvada en las instituciones públicas de salud, hay médicos, enfermeras, camilleros, laboratoristas y muchos otros trabajadores que hacen auténticos milagros con recursos insuficientes, jornadas extenuantes y carencias que harían que, en cualquier lugar del mundo, la atención estuviera totalmente colapsada. Nunca estuvimos más lejos de ser como Dinamarca en este aspecto.
Es admirable su entrega. Es indignante que quienes sostienen diariamente la atención de millones de mexicanos tengan que trabajar, tantas veces, sin los medicamentos, los insumos, el equipo o el personal necesarios. Y, sin embargo, ahí están: haciendo lo posible y, a veces, lo imposible, por sus pacientes.
Los mexicanos les debemos mucho. No podemos permitir que su vocación se convierta en pretexto para justificar el abandono institucional, ni que su compromiso sustituya la obligación del Estado de garantizar condiciones dignas para trabajar y una atención segura para la población. La exigencia de una remuneración digna es más que justificada y necesaria.
Reconocerlos no basta. Hay que escucharlos, respetarlos y atender sus demandas. Porque defender al personal de salud es también defender a los pacientes. De seguir la situación actual, habrá un éxodo de personal valioso a todos los niveles en busca de mejores condiciones de trabajo y de remuneración. Entre los médicos, ya hay muchas renuncias y la tendencia es a que en corto plazo la situación empeore.
Esperamos que sus peticiones se logren y que el movimiento de estas semanas se traduzca en mejores condiciones a todos los niveles para quienes cuidan nuestra salud. 8% de aumento salarial dividido no es suficiente ni equivale a un acuerdo integral de todas las justas demandas de mejora.