Las principales casas de subastas en el mundo están pasando por un gran momento. Sotheby’s, por ejemplo, registró 4 mil 400 millones de dólares de ingresos en los primeros seis meses del año —casi 60 por ciento más que en 2025, y una cifra récord para la organización (que por cierto tiene más de 250 años). En el caso de Christie’s los ingresos en el mismo periodo aumentaron más de 70 por ciento, a 4 mil 500 millones de dólares.
Detrás de estos resultados hay datos interesantes. De entrada, hubo al menos ocho artículos por los que alguien pagó más de 50 millones de dólares —en 2024 y 2025 no hubo transacciones individuales de ese tamaño. Por lo que más se ha pagado, hasta ahora, fue una pintura de Jackson Pollock que se vendió en más de 180 millones de dólares. Y el arte no es lo único que está logrando récords: van bien las ventas de relojes y de autos clásicos, así como las de bolsas de moda, artículos relacionados con el mundo de los deportes y las de huesos de dinosaurios. Sorprendentemente, hasta una chamarra usada por el fundador de Nvidia, Jensen Huang, alcanzó un precio de casi 1 millón de dólares.
Un artículo publicado por CNBC hace algunos días explica que el mundo de los coleccionables está siendo transformado por una nueva generación, incluyendo a muchos emprendedores que se volvieron riquísimos gracias a iniciativas relacionadas con tecnología.
Me intriga mucho este tema. ¿Por qué algo puede valer tanto para alguien, cuando su valor inherente es muy, muy lejano a ese precio? Siguiendo el ejemplo de la chamarra de Huang: diseñada por Tom Ford, es un producto que nuevo se vende en unos 10 mil dólares. Aquí alguien está pagando como 100 veces eso, por el solo hecho de saber que la usó antes una persona muy famosa (y a quien seguramente el comprador admira mucho). Yo me pregunto qué sentirá ese comprador después de cerrar la transacción. ¿Le dará satisfacción saber que es capaz de gastar un monto así? ¿Lo disfrutará internamente por saber que ese artículo protegió del frío a alguien que logró algo muy importante (construir la empresa más valiosa del mundo)? ¿Gozará presumirle a otros que es dueño de la chamarra de Huang? Cada quien.
En todo caso, la gran lección es que ese impulso que tenemos los seres humanos por pagar más por algo no se limita a chamarras de 1 millón de dólares ni a fósiles de 50 millones. El gran ejemplo es el de los ‘palomeros coleccionables’: esas cubetas para las palomitas que ahora venden los cines, diseñadas específicamente para los fans de las nuevas películas. En México, cadenas como Cinemex y Cinépolis están aprovechando el furor por este tipo de artículos y vendiéndoles en precios que van desde 400 pesos hasta más de 800. ¿Qué tipo de márgenes brutos puede tener algo así? ¿80, 90 por ciento?
Los seres humanos somos un verdadero misterio.
No somos tan importantes
Un reciente análisis de Goldman Sachs encontró que las empresas listadas en el S&P 500 —básicamente, las más grandes en Estados Unidos— generan apenas 28 por ciento de sus ingresos totales fuera de ese país. O sea, la gran mayoría de su negocio sigue siendo atender al mercado interno. Lo que más me sorprendió es que los ingresos que corresponden a Latinoamérica no parecen ser más de 1 por ciento del total (China es 2 por ciento y el resto de Asia es 5 por ciento).
Claro, no es lo mismo hablar de ingresos, que hablar de utilidades. Para empresas como Walmart y Home Depot, sus ventas en México son relativamente menores (dentro del total global), pero las utilidades sí suelen tener mucho mayor peso.