En aquel año inolvidable de 2006 me invitaron a Ciudad Juárez a charlar con otros amigos periodistas sobre algo nuevo en México: la guerra del narco. No sospechábamos en qué se convertiría aquella fórmula, la destrucción que traería, la muerte, la sangre a borbotones.
Recuerdo que hablé poco y mal de ese tema. Mi mente la ocupaban las muertas de Juárez. Entre las invitadas estaba Lydia Cacho. Ella expuso con articulación notable las sevicias de que había sido víctima por su investigación periodística Los demonios del edén, una pieza bien tramada sobre la trata de niñas a manos de al menos un empresario: Kamel Nacif, El Rey de la Mezclilla.
El resto de la historia es conocida: el ex gobernador de Puebla la acusó mediante trapacerías y la tomó presa en Cancún y la llevó en coche, esposada hasta Puebla. Desde entonces Cacho no dejó de perseguir periodísticamente a estos rufianes.
Recuerdo que caminamos en grupo por la calle Juárez, vimos edificios derruidos que habían sido picaderos, pasamos frente a lo que fue el Noa-Noa, el legendario lugar donde cantó por primera vez Juan Gabriel. Era una calle peligrosa y fea. Nos metimos a tomar una copa en La Cucaracha, a unos pasos del puente de la frontera.
Lydia Cacho llevaba escolta, dos hombres y una mujer. Dentro del bar, ella explicó la versión más creíble que he oído sobre los feminicidios en Ciudad Juárez. Mujeres de las maquiladoras, asalariadas libres, capaces de vivir solas y decidir el rumbo de su vida. Del otro lado, hombres migrantes en trabajos mal pagados, nómadas de la noche dominados por el rencor, el machismo y la pobreza. No era la única razón, pero al menos una que explicaba el odio, la violencia y no pocas veces el asesinato.
Regresamos a Ciudad de México. Lydia ofreció su camioneta para acercarnos al rumbo de nuestras casas. A mitad de camino, en Viaducto, el escolta que manejaba detuvo el auto, bajó y luego nos mostró el descubrimiento: alguien había limado los birlos de una de las llantas traseras. Nadie me lo contó, yo lo vi. Seguían tras ella. Necia y tenaz, no se amedrentó.
Detuvieron a Mario Marín. Al cabo del tiempo, Lydia Cacho ha ganado contra el tiempo y la impunidad. Una buena noticia.
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