Cultura

La tiranía del escaparate

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La hipervisibilidad individual a que nos conducen las redes sociales es una trampa; la aparente exigencia de un aplauso a cada paso nos ha convertido en esclavos de un sistema que nos obliga a estar siempre disponibles, a responder de inmediato, a intervenir en la discusión de conflictos y con ello pretender arreglar el mundo desde la pantalla de un teléfono; el resultado colectivo de esta inercia es un cansancio crónico, una ansiedad sorda que nos resta energía de focalización.

La trampa radica en creer que la visibilidad, la inmediatez y la aprobación externa son sinónimos de existencia y validez; el sistema hipermoderno nos inocula la ilusión de que ser un sujeto funcional exige estar perpetuamente conectado.

Hay una salida radical a este desgaste: aprender el arte de la retirada. Frente a la exigencia moderna de opinar sobre todo y de estar en todas partes, la verdadera salud mental y la claridad de criterio exigen recuperar el derecho a la opacidad; un acto de estricta soberanía personal; recordemos que no tenemos la obligación de responder a cada estímulo, ni de volver a los sitios donde ya no hay vida, ni de acudir a llamadas que solo buscan drenar nuestro tiempo.

Puedo constatar que uno de los mayores alivios consiste en soltar la urgencia de explicarnos ante los demás, porque vivimos bajo la tiranía de tener que demostrar la validez de nuestras decisiones ante un tribunal invisible que juzga cada movimiento; cuando renunciamos a esa justificación innecesaria, aceptamos que no necesitamos la comprensión universal de la gente para que nuestras elecciones sean válidas. Del mismo modo, admitir que hay una paz inmensa en no saberlo todo, en renunciar a la omnipotencia de querer controlar y arreglar los problemas ajenos y colectivos, nos devuelve una humildad indispensable para vivir con serenidad.

Miremos hacia adentro. La cultura del rendimiento nos ha vendido la mentira de que cualquier transformación personal o logro vital necesita testigos, reflectores y validación colectiva para ser real. Pero es exactamente al revés, ya que las decisiones más profundas, los cambios de rumbo verdaderos y los duelos más sanadores ocurren siempre en silencio, lejos del ruido de las redes y de la necesidad de aprobación ajena. Cuando el desarrollo interior deja de ser un espectáculo para convertirse en un proceso íntimo, estamos recuperando el timón de nuestra vida interior y tomamos decisiones con efectos reales, firmes y duraderos. Piénsalo.


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Porfirio Hernández
  • Porfirio Hernández
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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