Cultura

La cotidianidad de la memoria y el olvido

Poco tiene que ver el azar con aquellos momentos que recordamos u olvidamos. A pesar de todos los avances en el estudio de la memoria, ésta continúa siendo un misterio. Es verdad que lo que resulta demasiado doloroso para ser recordado muchas veces lo sepultamos en el olvido, de donde en ocasiones se levanta como un viejo fantasma para aterrarnos por la noche. Pero también es verdad que los momentos de paz suelen ser las páginas en blanco de nuestra memoria y que solo lo que duele se queda grabado con fuego, como si el suceso se hubiera marcado con un fierro candente.

Por otro lado, lo que recordamos nunca es el suceso en sí, sino uno que vivimos a través de nuestra comprensión o de nuestra incomprensión del momento. Y por eso cada vez que recordamos, añadimos una capa nueva de barniz al cuadro que guardamos en la memoria. Acentuamos algunos aspectos, dejamos de lado otros y nos contamos la historia con la que mejor nos salgan las cuentas, en la que quedemos lo mejor paradas posible o, dependiendo de las necesidades de cada quien, en la que quedemos lo peor paradas posible.

¿Podemos ser objetivos? No, no podemos. ¿Podemos de alguna manera acercarnos, aunque sea un poco, a una mayor objetividad? Creo que sí y creo que Nietzsche nos da la clave de cómo lograrlo. Alguna vez un profesor me dijo: “Paulina, es increíble todo lo que usted hace con Nietzsche”. Más bien es increíble lo que Nietzsche hizo con la filosofía, pero vayamos al grano: ¿cómo lograr un poco de objetividad en nuestros propios recuerdos?

Una recuerda que alguien hizo algo, como si una fuera un ente pasivo al que le ocurren cosas. Es verdad que existe el abuso en el cual en efecto, a las personas les suceden cosas sin que tenga responsabilidad alguna. Pero en la vida diaria, en eso que Heidegger llamó la “cotidianidad media”, por lo general no somos entes pasivos a los que les ocurren cosas. Hemos de formular, pues, preguntas como esta: ¿qué hicimos para desatar la furia de otro, sobre todo cuando ese otro suele ser manso?

Lo anterior no es más que un ejercicio hermenéutico: se cambia de perspectiva, se enfoca otro objetivo, se deja de ver lo que siempre se ha visto desde la misma ventana y se abre otra. Mientras más perspectivas se tienen de un mismo evento, mayor es la comprensión que se tiene del mismo: eso lo supo Nietzsche desde que escribió su primer libro, siendo un veinteañero. Cuando se realiza ese ejercicio, la pesada piedra inamovible del ayer no cambia, continúa estando ahí, solo que podemos comprender un poco más su razón de ser.

Y terminamos por amarla, pues es lo que somos: amor fati.


Google news logo
Síguenos en
Paulina Rivero Weber
  • Paulina Rivero Weber
  • paulinagrw@yahoo.com
  • Es licenciada, maestra y doctora en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sus líneas de investigación se centran en temas de Ética y Bioética, en particular en los pensamientos de los griegos antiguos, así como de Spinoza, Nietzsche, Heidegger.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.