Este fin de semana, nuestra receta familiar de chile en nogada volvió a la mesa. Tiene noventa años. Al leerla, regresaron conversaciones de temporada: quién la enseñó, qué ingrediente no puede faltar y cuál era el punto exacto de la nogada.
Y con ellas volvió un recuerdo.
Cuando era niña, pelábamos nueces de Castilla y terminábamos con los dedos negros. Era julio. Era esperar la temporada. En mi casa, mi cumpleaños llegaba con el primer chile en nogada.
Llevo años dedicada a la inteligencia turística. Repetí una idea como principio: lo que no se mide no se puede gestionar.
Hoy sigo creyendo en ella. Pero también pienso que hay cosas que sostienen un destino y que no sabemos medir.
Cada julio llegan mensajes de amigos y familiares. Todos buscan una recomendación. ¿Qué restaurante vale la pena? ¿Capeado o sin capear? ¿Carne picada o deshebrada? Nunca terminamos hablando del platillo. Terminamos hablando de Puebla.
Entonces entiendo que el viaje empieza antes de sentarse a la mesa.
No encuentro un indicador que registre el orgullo de una familia que conserva una receta. Tampoco uno que mida la emoción de ir al mercado por nuez, granada o manzana panochera.
Nada de eso aparece en una estadística. Todo eso permanece en la memoria.
Medimos visitantes, ocupación, estadía, gasto y derrama económica. Pero quizá todavía no hemos observado aquello que sucede antes: la expectativa, la recomendación, la receta heredada y la emoción de una temporada breve.
Ahí reside una parte del valor turístico de Puebla: convertir una cosecha, una receta familiar y una conversación en un motivo de viaje.
La inteligencia turística no solo debe perfeccionar los indicadores. También debe aprender a reconocer ese momento previo, cuando alguien todavía no ha reservado, pero ya ha empezado a imaginar Puebla.
A veces, todo comienza con un mensaje:
“¿Dónde me recomiendas comer un buen chile en nogada?”