Querido México:
Hoy no vengo a hablarte del marcador.
Sí, Inglaterra ganó. Sí, el sueño terminó. Sí, duele. Duele porque cuando uno vuelve a creer, también vuelve a exponerse al fracaso.
Pero esta no es una carta para llorar una eliminación.
Es una carta para darte las gracias.
Gracias a la abuelita de Julián Quiñones, que rezó cada partido como si en cada Padre Nuestro pudiera cambiar el destino.
Gracias a la directora de una primaria que llevó a sus alumnos frente a una pantalla para enseñarles que un Mundial también es una clase de identidad.
Gracias al señor que dejó por un rato la boleada de zapatos para ponerse la camiseta verde.
Gracias a la trabajadora de limpieza que terminó su turno y salió corriendo para alcanzar el segundo tiempo.
Gracias al hombre que cambió el saco y la corbata por la playera de la Selección porque entendió que hay días en los que el uniforme más importante es el que se lleva en el pecho.
Gracias a los niños que pintaron banderas en sus mejillas. A las familias que llenaron plazas, parques y salas de sus casas. A quienes cruzaron océanos para seguir a México. A quienes no tenían boleto, pero hicieron del Ángel, del Zócalo o de cualquier esquina una pequeña tribuna.
Gracias por recordarle al mundo que este país no solamente sabe jugar futbol.
También sabe recibir.
Sabe abrazar.
Sabe cantar.
Sabe bailar.
Y, sobre todo, sabe compartir.
Durante estas semanas México fue noticia por algo más que un resultado. Fue noticia porque aquí se come sabroso, porque aquí la fiesta no necesita permiso y porque somos capaces de convertir a un desconocido en compañero de mesa con un solo “¿de dónde vienes?”.
Eso también es ganar.
En la cancha, Inglaterra fue mejor en los momentos decisivos. El 3-1 apagó la ilusión de seguir avanzando. Julián Quiñones volvió a aparecer cuando parecía que el partido se escapaba. Raúl Jiménez peleó cada balón como si el reloj pudiera detenerse a fuerza de voluntad. El equipo jamás dejó de intentarlo.
No alcanzó.
Y a veces el futbol también consiste en aceptar esa verdad incómoda.
Pero esta derrota no se parece a tantas otras.
No vimos a una selección resignada. Vimos a un equipo que compitió, que respondió a los golpes y que obligó a Inglaterra a trabajar hasta el último minuto para cerrar la eliminatoria.
Por eso no compro aquella vieja sentencia de “jugamos como nunca y perdimos como siempre”.
No.
Esta vez perdimos con dignidad.
Con carácter.
Con la frente levantada.
También terminó una etapa. Javier Aguirre cerró un ciclo que volvió a reconciliar a mucha gente con una Selección que durante años parecía incapaz de despertar emociones. Nos dejó una pregunta que terminó convirtiéndose en una forma de creer: ”¿Y si sí?”
Al final no fue.
Pero esa pregunta ya pertenece a la memoria colectiva.
Porque durante un mes millones de mexicanos decidimos responderla con esperanza.
Y eso nadie nos lo puede quitar.
Los Mundiales terminan.
Las generaciones cambian.
Los entrenadores se van.
Los futbolistas envejecen.
Lo único que permanece es esa absurda, hermosa e irrenunciable costumbre de volver a creer.
Así que gracias, México.
Gracias por demostrar que el futbol nunca ha sido solamente once jugadores persiguiendo un balón.
A veces es una abuela rezando.
Un niño abrazando a su papá después de un gol.
Una cocinera sirviendo tacos a un extranjero.
Un bolero escuchando el partido por la radio.
Una trabajadora que celebra un gol mientras todavía lleva puesto el uniforme.
Y un país entero que, aun con el corazón roto, sigue encontrando razones para cantar el “Cielito Lindo”.
Hoy no levantamos la Copa del Mundo.
Pero durante unas semanas levantamos algo igual de difícil: la esperanza de todo un país.
Y mientras exista esa esperanza, este juego siempre nos dará otra oportunidad para volver a creer.