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La era que no era (que nunca fue)

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  • Nicolás Alvarado

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Lo del advenimiento de la Era de Acuario no es una mamada. Son dos. O tres.

Lo desconfiable primigenio es lo evidente, es decir el origen del concepto en la astrología, pseudociencia que querría que encontráramos almas gemelas y vidas paralelas en la duodécima parte de la población. Pero más digno de suspicacia aún es que, incluso entre astrólogos, nadie logre ponerse de acuerdo en el inicio preciso de la tal Era Acuariana, y no por un margen de uno o dos días, de uno o dos años siquiera, sino de varios siglos. Dependiendo de los cálculos a que atienda uno (y que se antojan tan dificultosos como ininteresantes), la presunta edad de oro (es decir de agua) asociada al avance tecnológico, el vuelo, la democracia, la libertad, el humanismo, el idealismo, la modernización, la rebelión, la inconformidad, la filantropía, la veracidad, la perseverancia y otras tantas cosas adornadoras, tendría su inicio en algún punto entre el año 1433 de nuestra era y el 3597. O sea que a lo mejor ya fue. O que no ha llegado ni tiene para cuándo. O algo. Incluso los hay, ingenuos, que piensan que vivimos en ella. Tal es el caso de los responsables de su popularización, los letristas James Rado y Gerome Ragni y el músico Galt MacDermot, quienes, en la famosa canción “Aquarius”, compuesta para el musical de rock de 1967 Hair, habrían de anunciar la llegada inminente de ese sino del signo del aguador, todo armonía y comprensión, compasión y confianza en abundancia. A decir de la tan celebrada rola, el venturoso suceso habría de verificarse “cuando la luna esté en la séptima casa y Júpiter se alinee con Marte”, palabras que suenan de lo más estelares, salvo que incluso los astrólogos las llaman a charlatanería: la luna, dicen, visita la séptima casa todos los días; y Júpiter y Marte se alinean varias veces al año. Conclusión: la importancia científica de la Era de Acuario es cero. No así su relevancia cultural.

La canción —cuya orquestación compleja y de una alegría pletórica la eleva por sobre lo reiterativo de su letra y lo elemental de su sonsonete— es un salvoconducto al espíritu ingenuo pero poderosamente creativo de los 60 tardíos, a esa cima de la confianza moderna que, en su voluntad por trascender incluso el progreso, hizo del optimismo daño colateral. Quienes vivieron ese tiempo se equivocaban, sí, pero no más que nosotros, y con miras harto más altas.

No asombra, entonces, que el segundo largometraje del brasileño Kleber Mendonça Filho —actualmente en salas mexicanas— lleve por título Aquarius, y que tome éste del nombre que el guión da al edificio que constituye su entorno y acaso personaje principal. (Tan claro es su poder evocador del ethos de una generación, que el director optó por él y no por Caiçara, nombre de la construcción que inspirara la historia, u Oceania, nombre de la locación donde filmara). Es Aquarius, en Recife, donde ha tenido su apartamento desde hace 40 años Clara (Sonia Braga): es ahí donde ha criado a sus hijos, donde ha escrito sus libros, donde añora al marido que la dejó viuda y el seno que perdió. Es una hermosa construcción (como Clara), algo traqueteada (como Clara) pero mucho más señorial (como Clara). Todo celosías que procuran la ventilación cruzada, balcones amplios, grandes ventanales, pasillos a la sombra y materiales nobles y frescos, Aquarius es rabiosamente brasileño en su arquitectura. El apartamento de Clara lo es también, sí, pero además es cosmopolita: presidido por un cartel de Barry Lindon, repleto de libros y de discos que van de Vila-Lobos a Queen, y de Roberto Carlos a una Orquesta de Tiny Parham perdida en la noche del fox trot, es no insignia sino, mejor, síntoma de un art de vivre fácil y feliz, heredero del verdadero interés por las cosas, por las personas y por las ideas, de una disposición natural a hacerse uno con el entorno, en toda su sencillez, en toda su complejidad.

Un desarrollador inmobiliario quiere derribar Aquarius para construir una de esas nuevas torres anónimas y ahistóricas que lastran el paisaje de Barra de Tijuca a Santa Fe a Canary Wharf a Dubai, concebidas para personas que no poseen un disco, que nunca han leído un libro, que nunca han sentido fascinación por una película al punto procurarse un cartel. Ha logrado comprar todos los apartamentos salvo el de una Clara que no lo vende porque sabe que en ello (y en él) le va el alma. He ahí la premisa de una cinta brillante y hermosa y triste por todo lo que de cuesta arriba tiene: acaso gane Clara la batalla pero los que luchamos de su lado sabemos que la guerra está perdida. (Se ha dicho que Aquarius es una parábola del Brasil contemporáneo. Ojalá lo fuera. Estaríamos entonces ante una tragedia meramente política y no a una histórica).

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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