Cuando era niña tenía una angustia peculiar…siempre estaba haciendo cuentas en la mente; llevo haciéndolas desde ese departamento en la Roma y no he parado de hacerlas desde entonces.
Acuesto mi cabeza en la almohada y vienen. Veo que se acabó el yogurt y ahí están.
Todo el tiempo, a todas horas, desde los siete años que me di cuenta que mi mamá lloraba gritando en el baño que no había dinero y ella era la única que hacía algo al respecto.
Recuerdo que aprendí a que la sopa de fideos me supiera a gloria y la gelatina de frambuesa al mejor postre del mundo.
Recuerdo que en mi mente tenía una lista de despensa semanal ideal con la que podríamos sobrevivir a lo mínimo para que mi madre dejara de preocuparse.
Recuerdo que solo incluía sopas, arroz y frijoles.
Éramos tan pobres, que mi madre lloraba diario.
Éramos tan pobres que a los siete ya sabía que los niños de África no tenían que comer.
Éramos tan pobres que me angustiaba el tiempo que tardaba bañándome y lavándome las manos.
Éramos tan pobres que mi papá no trabajaba. Él escribía. Y mientras sus hijos no aprendimos a comer tinta, mamá bailaba fuera de las farmacias, trabajaba en las bibliotecas y pagaba niñeras porque el padre estaba escribiendo la novela del siglo.
Desde que fui madre odio a Dostoievski y cómo mató de hambre a sus hijos mientras escribía sus obras maestras.
Desde que fui madre abro la alacena y suspiro de alivio viéndola llena de galletas, cereales, yogures, carnes, sopas, fruta y abundancia.
Y no, miento. Siendo madre lloraba de angustia si me pasaba cincuenta pesos de la lista del súper. Tenían que obligarme a comprar ropa.
Lloré el día que me quedé con cien pesos, nada en el refri y tuve que ir por una sopa, dos salchichas, dos huevos, medio de leche y un paquete de galletas.
Mis hijos comieron variado y yo vendí dos mil pesos durante el día. Desde entonces desperté a la certeza de que defendería a mis hijos de la carencia y de hacer listas en la mente lo más que pudiera.
Mis hijos nunca escuchan que no tengo dinero. Escuchan que hacemos inversiones inteligentes y que hay cosas prioritarias.
Nunca les falta la fruta ni se les reprochan los niños sin alimento. Se les enseña a vender, ahorrar y a disfrutarlo.
Puse mi pie en el piso cuando me quisieron abandonar económicamente y me quedé porque finalmente eligieron respetar mi trabajo y necesidades y aportar como es justo. Me defendí tan fuerte que me encontré los colmillos.
Me he defendido desde que era niña de las alacenas vacías y lo seguiré haciendo, por eso defiendo las alacenas de otras casas, de otras madres, de aquellas que están cansadas, heridas o perdidas; porque he sido y mi madre y las abuelas antes que yo, hemos sido todas alguna vez las de las alacenas vacías.