En un país donde el sufrimiento se da en muchas formas, donde la violencia y las acciones sanguinarias son ya comunes, en el que la población es paliada a base de dádivas y misericordiosos programas gubernamentales, no hay duda de que los triunfos no son algo como para dejar de lado a manera de estímulo que abate aunque sea momentáneamente el sentimiento de frustración que en todas sus modalidades se padece. Un puñado de jóvenes, incluso un adolescente, han dejado un ejemplo que, suceda lo que suceda en la secuencia de lo que adviene, ya permitieron dar explosiones de gran felicidad, de alegría contenida que por millones compartieron en todo el país. Lamentablemente, claro es que los desmanes no han sido pocos. Nuevamente aparece el fantasma de lo negativo, de las fallas psicológicas que afectan a una parte mínima y que en grandes masas de personas se vuelven fatales, incontenibles, aunado a la persistencia del sentido criminal que llevan pocos, capaces de ensombrecer, de ensuciar las celebraciones, de causar disturbios, vandalizar, destruir, ocasionar lesiones graves e incluso la muerte.
Y es entonces cuando reflexionamos acerca de si en realidad vale la pena los triunfos, de avanzar y alcanzar logros no sólo en campos deportivos sino en muchos aspectos de la vida cotidiana que en unas semanas o antes volverá a ser evidente. Y si bien hay que deslindar los aspectos deportivos de los que atañen a la coexistencia social, a la política o a la economía, no hay que perder de vista de que mientras se grita en los estadios, en las explanadas, en el Ángel, en La Minerva, en los centros de acostumbrada concentración festiva, las cuestiones fundamentales siguen su camino.
Por ejemplo, ¿qué han hecho las autoridades en estos días de esa especie de abstracción comunitaria? La verdad la clase política no ha perdido el tiempo y ha estado sacando provecho a las opiniones y a los comentarios que se están formulando, sin mucha audiencia, en torno a asuntos que no son cualquier cosa ni de mero trámite. La presidenta Sheinbaum no quita el dedo del renglón en su ultradefensa de los políticos de su partido inmiscuido cada vez más en las investigaciones norteamericanas. El influyente New York Times no ceja en realizar un trabajo periodístico en busca de los nexos entre el hampa y gobernadores o funcionarios color guinda, lo cual seguramente pesa mucho en el ánimo presidencial ya que al parecer no puede decir mayor cosa que “pruebas, pruebas, pruebas”, mientras la situación está ya a punto de estallarle entre las manos. Y todo por “no traicionar” a su antecesor ni a sus huestes. Y aun así sigue la rebatiña de las ilegalísimas “candidaturas”, las renuncias de saltimbanquis de un cargo con aspiraciones a otro, el cinismo de algunos como el “hermano” Adán Augusto por eludir sus faltas graves y queriendo colocar alfiles como su precandidata a Chihuahua.
La verdad no ha sido nada fácil para el país y menos lo será en el futuro sortear el tema del TMEC que sí parece proseguirá, pero sujeto a una revisión anual impredecible. Y de la seguridad pública, por esta ocasión ni hablamos ya que esa esfera no parece tender a mejor condición. Ahora hasta delitos del fuero común que enlodan a figuras como el ex director de PEMEX. Naturalmente, aparecen mil excusas y la propia presidenta no tiene de otra que buscar que estas cosas no enloden a su gobierno ni a su partido.
Esperemos que las cosas mejoren, porque el despertar del país ya no está lejos. Mientras tanto, toca creer en lo que somos y en la gente que, como nuestros aguerridos seleccionados, nos demuestra de qué estamos hechos. En suma: sigamos disfrutando el sabor del triunfo y, sobre todo, sepamos que lo merecemos. Porque cuando nos preguntan si podemos, la respuesta es una sola... ¡y sí, sí!