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Viernes , 19.04.2019 / 06:05 Hoy

En frecuencia

Así acabaron con #MeToo o el linchamiento en redes

Miguel Ángel Puértolas

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Tal vez el suicidio del músico Armando Vega Gil no tenga relación directa con la denuncia cobarde y anónima de un supuesto abuso sexual cometido por el integrante de Botellita de Jerez, pero sí pudo ser un detonante que lo llevara a tomar la decisión de quitarse le vida.

Este hecho se convierte en clave para analizar la descomposición social que ha traído en cierta medida la posibilidad que se les da a ciertas personas de escudarse en el anonimato para acusar “públicamente” a alguien sin importar si lo que hace puede destrozarle la vida.

Sería iluso pensar en la regulación de las redes sociales vía leyes por país, pero no es nada iluso pensar en poner desde nuestras casas controles para evitar que quienes sean los futuros usuarios de las redes terminen convirtiéndose en “legiones de idiotas” como los calificara Umberto Eco.

Un movimiento iniciado para la denuncia del acoso y el abuso sexual por parte de tenedores del poder de todo tipo, en contra de mujeres como lo es #MeToo, terminó por convertirse en un Tribunal del Santo Oficio que seguramente dio el gusto a sus detractores de eliminarlo, gracias a las irracionales acusaciones que en su mayoría no tuvieron reflejo en denuncias presentadas ante el Ministerio Público.

Las denuncias escudadas en el anonimato destruyen vidas, familias y reputación, todo porque usuarios irracionales se convierten en jueces o se erigen en tribunales, teniendo en ese anonimato la oportunidad de expresar todo lo que no hacen cara a cara.

El acoso y abuso sexual son problemas reales, que afectan a millones de mujeres todos los días y tratar a la ligera esta situación no solo daña a quienes, desde el anonimato, son quemados en leña verde, sino que deja a las víctimas como victimarios sin escrúpulos y lejos de credibilidad. Los detractores del movimiento que temían que se convirtiera en una cacería de brujas vieron fundados sus temores.

Ya lo decía Umberto Eco: “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos rápidamente eran silenciados, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles”.

miguel.puertolas@milenio.com

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