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Miércoles , 20.03.2019 / 17:59 Hoy

Frances McDormand y Jessica Chastain en dos roles imperdibles

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Nominada a siete Oscares, Tres anuncios por un crimen, de Martin McDonagh, es un reflejo de la vida en Estados Unidos. Eso no nos impedirá sentir que la frustración y la rabia de su protagonista nos atañe. Mildred Hayes (la mejor Frances McDormand desde Fargo) es una mujer decidida a mantener en el ojo público la violación y asesinato de su hija adolescente hasta que se encuentre al responsable. En México conocemos a los símiles reales de Mildred. Los hemos visto volverse activistas, encabezar marchas, increpar gobernantes. Esta semejanza cultural nos ayudará a navegar la comedia oscura, inclemente y moralmente ambigua. Aunque no fácilmente.

Luego de meses sin un esclarecimiento del caso de su hija, Mildred renta tres anuncios a las afueras de su pueblo con un mensaje dirigido a William Willoughby (Woody Harrelson), el jefe de policía local. Entre los simpatizantes de Willoughby está su subordinado, el oficial Dixon (Sam Rockwell), un hombre con antecedentes de racismo y violencia que tomará esta afrenta como algo personal. De este antagonismo entre autoridades y una madre inconsolable y sin justicia, el pueblo de Ebbing va figurándose como el microcosmos de la sociedad norteamericana en llamas.

Porque no hay nada más aburrido e innecesario que una causa inequívoca y un debate cómodo, McDonagh nos propone ensuciarnos el criterio ante una historia sin condescendencia alguna hacia la actual conversación sobre raza y género. Las protestas de Mildred, su relación con su ex esposo e hijo y su actitud en general hacia la comunidad de Ebbing son los ejemplos más imperfectos y caóticos de activismo, comunicación familiar o civismo. Incluso la línea entre heroína y antagonista se va borrando a tal grado que nuestros planes de llorar por la víctima, condenar al obstructor de justicia e irnos a nuestras casas moralmente reafirmados se esfuman, quedándonos en un tercer acto que nos obliga a sacar nuestras propias conclusiones.

Apuesta maestra (Molly’s Game, EU 2017) Aaron Sorkin, guionista de Moneyball, La Red Social, Jobs, se estrena como director y no cabe duda que guardaba lo mejor de su olfato para las grandes historias para cuando llegara el momento de dirigir. Sorkin adapta una de las leyendas más jugosas en los círculos de poder de Estados Unidos: la de Molly Bloom; la mujer que creó la casa de apuestas por la que figuras como Leonardo Di Caprio, Ben Affleck, Tobey Maguire, magnates, empresarios y mafiosos desembolsaron cantidades inimaginables de dinero y revelaron información aun más valiosa de lo que apostaron.

Si bien Apuesta maestra jamás tropieza, decae o nos pierde –lo cual ya hace de su debutante director uno muy apto– cinematográficamente no es un debut que impresiona. Sorkin concentra toda su energía en la carga verbal que distingue a sus obras y a los habituales diálogos (que son una delicia) agrega un voz en off que narra el noventa por ciento de la película, provocando una saturación. Sus recursos para llenar de imágenes la pantalla son una acelerada consecución de escenas y, como muletilla, el hip hop montage (montaje con cortes rápidos) que dejó de ser indicio de creatividad desde que Darren Aronofsky los usó en Requiem for a dream. Pongámoslo así: para ser ópera prima es demasiado convencional en su factura. En balance, la Molly de Jessica Chastain es completamente tridimensional en comparación al estereotipo proyectado por los tabloides que cubrieron su caso. Y su inquietante pasado como la mujer que controló a algunos de los hombres más poderosos del mundo es un recuento adictivo que dura dos horas y se pasa como dos minutos.

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