El término “Estadista” ha sido utilizado para distinguir entre los dirigentes gubernamentales de una nación, a quienes gobiernan de forma relevante, como jefes de Estado, por encima de las luchas partidarias y sectores, buscando lo mejor para las mayorías, aunque su tendencia sea la unanimidad nacional. También se utiliza para designar a quienes no ocupan esa posición, pero muestran la capacidad suficiente para desempeñarse de forma destacada para dirigir al país, generalmente en la oposición al grupo gobernante.
Desde la antigüedad ha sido preocupación de los pensadores políticos la figura del hombre de Estado. Platón cuestionaba que pudieran existir en su significado de valores. Aristóteles concluían como primer deber del hombre de Estado conocer la constitución y aplicarla.
José Ortega y Gasset clasificó en “Mirabeau o el Político” a los gobernantes en estadistas, escrupulosos y pusilánimes, en tanto el “hombre de Estado” debe tener lo que llama “virtudes magnánimas” como la honradez, la verdad, los escrúpulos, contrarios a los del político común propenso a vicios como la desfachatez, la hipocresía y la venalidad. Se ocupa de asuntos de largo plazo y generalmente toma decisiones impopulares a corto plazo; en tanto que los políticos se preocupan de los resultados inmediatos de sus decisiones. El gobernante se distingue por su intuición, por la habilidad de construir e implantar decisiones al unir intereses contrarios, por su perspectiva central, en el ejercicio de su liderazgo constitucional de hacer del Estado un instrumento al servicio de la Nación.
Lo que nos enseña la historia es que en ciertos momentos muy especiales, cuando el destino de una nación está en juego, es la oportunidad de advertir en la secuencia del proceso gubernamental, la presencia del hombre de Estado.
Comprender la naturaleza profunda del momento que vive México excede con mucho la mira del corto plazo. Más allá de un eficiente administrador, de un mero gestor, se precisa del talento creativo, de la visión de largo plazo, panorámica e innovadora de quien está en la parte más alta del Estado y puede observar cómo se pueden resolver los problemas enormes de los mexicanos.
La mediocridad no tiene espacio en el principio rector de la vida pública, porque precisa de otro talento, aquel que Max Weber exigía a sus “héroes” ideales: austeridad, disciplina y ciega obediencia a la ley. Es un tiempo para la innovación, es la hora de los grandes creadores dotados de aguda intuición, de la imaginación con la que el mundo avanza a mejores etapas de vida. Requerimos reinventar el comienzo, una nueva perspectiva que inicie un tiempo nuevo para resolver favorablemente los problemas nacionales: pensar en las futuras generaciones.