Cultura

La risa crónica de Monsiváis

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Este libro nació por iniciativa de Emmanuel Carballo, quien pidió a varios jóvenes escritores que redactaran su autobiografía precoz. Los que cumplieron con la tarea asignada fueron Juan García Ponce, Gustavo Sainz, Sergio Pitol, Salvador Elizondo, Juan Vicente Melo, José Agustín, Vicente Leñero y Carlos Monsiváis, recuerda Elena Poniatowska en el prólogo de esta nueva edición. Se dio a conocer en 1966, cuando Carlos Monsiváis (Ciudad de México, 1938-2010) tenía 28 años. Ahora, después de 60 años, vuelve a circular este acercamiento breve, ameno, lúcido e insobornable sobre los inicios de un joven escritor.

El intelectual público. Autobiografía de juventud. Carlos Monsiváis. Siglo XXI. México, 2026.
El intelectual público. Autobiografía de juventud. Carlos Monsiváis. Siglo XXI. México, 2026.


Monsiváis era un atento lector de movimientos sociales, políticos y culturales. Cultivaba el humor con especial gozo y dedicación. Fue fiel practicante del ensayo en múltiples tesituras (ensayo en primera persona, de corte político, sobre temas desenfadados) así como del artículo de opinión en los principales medios de comunicación. Ya en su madurez, sus amigos intelectuales llamaban a su casa con el pretexto de saludarlo, pero en realidad querían obtener de él algo así como el reporte del clima; es decir, un resumen detallado de los principales hechos en la política mexicana, a manera de oráculo, y del medio cultural. No era vidente, eso le habría encantado anotar en su currículum, mas en el tablero de la república de las letras sabía qué alfil necesitaba de tal o cual cosa, qué torre estaba a punto de ser reemplazada o cuántos peones iban a impulsar determinada iniciativa.

Solía vivir resguardado entre murallas de libros, periódicos, revistas y cuadernos. Heredó de los primeros caricaturistas que existieron en México la visión lúcida que no apuesta por la risa fácil sino por la ironía, el humor que revela y desliza frases jocosas. Una vertiente importante en su obra son sus artículos de opinión, los cuales realizó de diversas maneras, siempre tomando en cuenta que el lector informado sonriera de forma espontánea, ocurrente, como resultado de la habilidad que tenía al abordar varios temas que iban desde la metafísica de las costumbres a la suntuosidad y miseria de la ciudad hasta usos y estrategias para poder brillar en sociedad. Contaba con un amplio conocimiento sobre el bagaje cultural y aspiracional de la mayoría de los sectores de la sociedad; en ese sentido, sabía leer la piel del mexicano, casi con la exactitud de un espeleólogo o un especialista adscrito a la Unidad de Diagnóstico de Enfermedades Raras.

Varios intereses quedaron tatuados en su epidermis, desde sus años de juventud. La religión protestante, la cultura popular, la literatura, la edición, el cine, la radio, la historia (como ruta de navegación de los movimientos políticos y sociales) y el periodismo, instrumento útil para cuestionar, exponer y detallar situaciones que precisan de una memoria colectiva.

Buceaba entre las palabras con el propósito de hallar las precisas, aquellas que lo hacían nadar en el mar de la antisolemnidad y la incertidumbre porque si lo hubieran acompañado certezas habría sido aburrido y petulante, como quienes se miran al espejo antes de sentarse a escribir un artículo. A propósito de la natación, cuenta que aprendió a sumergirse pero que su instructor le comentó que nunca iba a poder tener la misma habilidad que Claudio Isaac. Y en esto recuerda a Salvador Novo en su crónica de viaje incluida en Return ticket; ahí Novo refiere su clase de natación y su aspecto en traje de baño, situación que aprovecha para burlarse de sí mismo antes que cualquier otro lo haga. La ironía fue una faceta que cultivó como un legado de Novo y de Alfonso Reyes, más que una flor de invernadero con pétalos perennes y con cuidados precisos como los que exige una caprichosa orquídea, la hizo parte de su vida cotidiana para explicar su realidad y la de todos, al llevarla consigo a todas partes. “Por Novo aprendí que el sentido del humor no difamaba la esencia nacional ni mortificaba excesivamente a la Rotonda de los Hombres Ilustres; en Novo he estudiado la ironía y la sátira y la sabiduría literaria y si no he aprendido nada, don´t blame him”. De Reyes reconoce que lo “deslumbraba al proponer una cultura mexicana donde la etiqueta resultase lo de menos; donde lo importante fuese recuperar el tiempo perdido en una continua tarea de expropiación cultural”.

Su voracidad intelectual desconocía límites y estrecheces. Es difícil imaginarlo siguiendo reglas estrictas en la elaboración de una tesis o tesina, en donde importa más la visión de otros que la del investigador. Se dio cuenta que lo suyo no era estar atrás de un cubículo universitario ni tener una línea de investigación y ordeñarla hasta sus últimos vestigios, sino que quiso volar más alto. Fue así como descubrió que lo suyo era ser autodidacta. “Economía me derrotó. En Letras Españolas, fuera de las clases de Sergio Fernández, nada había con poder retentivo”, revela. Reconoce que fue Sergio Pitol quien lo motivó a exiliarse en las lecturas de Borges, Reyes, Faulkner, Dos Passos, Fitzgerald, Nicholas Blake, Mann, Gide, Hemingway, West y Forster. De entre los escritores mexicanos señala a varios como sus maestros: Vasconcelos, Pellicer, Cuesta, Arreola, Rulfo y Paz.

En el prólogo del libro, Elena Poniatowska reflexiona: “La suya es una autobiografía muy sofisticada y muy intelectual, Monsi nunca ‘la riega’, nunca bebe, nunca se exhibe, no fuma ni paga la cuenta, tampoco escribe a máquina y menos en computadora, no maneja automóvil, pero se sabe todas las calles de México. Lo que sí era bonito era escucharlo cantar. Cantamos mucho en inglés ‘Tea for two and two for tea’, a voz en cuello”.

Contagiada por el humor de Monsiváis, Poniatowska recupera una escena que ocurrió en el Centro Mexicano de Escritores, cuando le tocaba leer sus textos frente a Margaret Shedd, la directora de la institución. “Juan García Ponce se reía a carcajadas y me decía que escribía como Joaquín Pardavé, el actor de la época de oro del cine mexicano, compañero de doña Sara García y Prudencia Griffel”.

El texto de Poniatowska y la autobiografía de Monsiváis coinciden, al final de cada uno de ellos, en una suerte de confesionario. Mientras que el escritor asegura que de niño quería ser bombero o humorista, y que después sólo le interesó aplicar el sentido del humor; ella, por su parte, indica que no cumplió con la invitación hecha por Emmanuel Carballo y no escribió la autobiografía que le encomendó por andar metida en el diarismo. “De mi periodismo vengo y a mi periodismo voy”, repetía satisfecha María Luisa La China Mendoza. Sin embargo, habría que tener presente que Elena Poniatowska sí realizó esa autobiografía, puede leerse en El amante polaco 1 y 2, volúmenes en donde se atrevió a hablar de su vida en una suerte de recuperación del pasado y presente; además de la vida de Estanislao Augusto Poniatowski, uno de sus ancestros, y el último en ocupar el cargo de rey. Se unió tardíamente a esa encomienda que cumplieron sus jóvenes amigos, entre ellos Monsiváis.


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Mary Carmen Ambriz
  • Mary Carmen Ambriz
  • mcambriz@hotmail.com
  • Ensayista, crítica literaria y docente. Fue editora de la sección Cultura en la revista Cambio.
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