Durante casi ocho años la vida política de México ha sido, en buena medida, la de los símbolos construidos por encima de la realidad a la que están dirigidos. De las grandes abstracciones como la honestidad, los conservadores, el pueblo, la valentía y la soberanía, a los subsistemas bautizados con el folclor que los hace tangibles.
Entre ellos, el robo de combustibles con el rescate del anacronismo a la palabra huachicol.
Primero con la promesa de su erradicación durante la campaña de 2018, luego con la afirmación presidencial sobre el fin de la práctica en 2019 y su institucionalización por medio de la forma fiscal, el delito, ya como símbolo, juega de paradoja para el proyecto que lo incorporó de nueva cuenta al lenguaje cotidiano.
Entre la red de contrabando con participación de mandos de la Marina a los casos o entredichos alrededor de figuras del partido en el poder y el hijo del expresidente, lo que una vez fue bandera retórica hoy les exige del cobijo de las abstracciones para escapar de la ironía.
El acto de gobernar transita entre los mundos de la realidad y los simbolismos. Uno sin el otro, o sin equilibrio entre ambos, hará cojear al ejercicio entero. El rango del mal caminar dependerá de la afectación sobre cada uno de esos dos espacios; el que pide cierta eficiencia para mantener mínimos de gobernanza y el que siempre estará sometido a la fragilidad en los mitos: todos, solo se deben a la voluntad de creer.
Si la ineptitud en el gobierno de la realidad sobre el delito permitió redes de complicidad a nivel instituciones, la ineptitud en el manejo de los símbolos tiene más tropiezos.
Por falta de equilibrio en los elementos que hacen política seria, es tanto el peso del símbolo en un individuo que no ha hecho más de su vida que serlo por gracia de su padre, que el aparato oficial lo prioriza sobre una lectura al cambio de la política de Estados Unidos en la delincuencia que le importa al exterior.
Si la afectación a la soberanía es tanta, la discusión podría ir a cuál es el rango de agencia que conserva México. No por el tema del momento sino por acciones que, en casi ocho años, entregaron todo, territorio, diásporas, etcétera, con tal de preservar la mitología.