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Jueves , 25.04.2019 / 14:37 Hoy

Apuntes incómodos

La carta mexicana

Maruan Soto Antaki

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Hay cierta falta de sentido histórico cuando en una sociedad es posible pelearse por quién es más pueblo, qué es más nacional, quién representa de forma auténtica el conjunto diverso. No tenemos recurso más frecuente en nuestra construcción política. A la noción identitaria se le arrebata la profundidad para transformarla en ornamento de discurso. La carta mexicana no es una misiva a la corona española sobre un asunto pendiente, tampoco sus infinitas y estériles diatribas paralelas. La carta mexicana es aquella con la que recurrentemente enaltecemos virtudes y agravios para evitar una realidad que pediría hacerle frente.

La aparente lectura política de la polarización que se vive en México, o de la exigencia de disculpas a España por el periodo de la Colonia, se arriesgan al ejercicio superficialmente reflexivo con el que cualquier cosa se convertirá en distractor u oportunidad. Da igual a qué polo se encomiende para justificar filias. Hace tiempo que la política nacional confunde los actos con acciones sociales, y a la conciencia social la sustituye por conciencia de grupo.

La polarización no es la atención a las diferencias que afectan a los mexicanos, ni siquiera su exhibición con fines de debate para la mejora de condiciones. Es la instrumentación de las diferencias que exaltan nociones identitarias: la raíz de la idiosincrasia nacional. Nada ha rendido mejores frutos que hablar de identidad y menospreciar a los sujetos que la conforman. Tanto la incesante separación de identidades en lo local como lo internacional, son síntomas del caldo de cultivo en el que se han desarrollado nuestras vías políticas.

Las afirmaciones de pueblo bueno, sabio, de criollos malos, de intelectuales a los que su oficio es suficiente defecto, no son nuevas a pesar de convertirse en muletilla contemporánea. La simplificación como muestra de la incapacidad para hablar mal de nosotros mismos, desde la que una colección de promesas elude la responsabilidad de gobiernos anteriores, y del actual, hacia sus minorías étnicas. Hacia las víctimas de un Estado y un pueblo que siempre se han considerado impolutos a merced de la evidencia.

Ahí puede situarse una de las imposibilidades para resolver los flagelos mexicanos. Por el convencimiento de la razón, su razón, han desfilado y lo siguen haciendo aquellos que se han negado a recibir la historia y en su lugar creen que la están escribiendo.

Quien diga que se ha abierto un debate soterrado gracias a la polarización, quizá saque provecho de una biblioteca para recuperar el tema predilecto de nuestra historia intelectual a lo largo del siglo XX. Sobre el yo mexicano, su inconsistencia y utilización han sido materia de múltiples textos que pensaron la permanencia de síntomas interpretados como causas de desgracias.

Supongo que no faltará la indiferencia o el rechazo a lo que otros pensaron, porque lo pensaron ellos. Tampoco faltarán las voces que no aceptarán la tendencia a una versión muy propia del integrismo, e incluso lo defenderán. Uno de ideologías sin ideas. Habrá que recordarlo, a partir el integrismo nadie ha construido un Estado menos desigual.

Este país en el siglo XXI discute qué irresponsable es mejor que el de enfrente.

@_Maruan

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