Este 14 de junio se cumplen cuarenta años desde el fallecimiento de Jorge Luis Borges. Sin embargo, su legado sigue intacto porque, más que cambiar la forma de escribir, él cambió nuestra forma de leer el mundo. Decía enorgullecerse más de los libros que había leído que de los que escribió, transformando la lectura en la forma más alta de la complicidad. Cuarenta años después de su muerte, el aniversario es la excusa perfecta para asomarse a sus viajes por México como la crónica de ese lector voraz que andaba buscando en la geografía real los mismos laberintos y amigos secretos que ya lo habitaban en la cabeza.
La crónica suele registrar los hechos con la fría precisión de las efemérides: Borges visitó México en tres ocasiones específicas, espaciadas por el azar institucional y los premios. Sin embargo, si miramos ese itinerario con el método oblicuo del propio Borges, descubrimos, o creemos descubrir, que esas tres estaciones no fueron casuales. Funcionan, más bien, como un reflejo exacto de aquel exquisito texto de 1944, “Tres versiones de Judas”, donde el teólogo Nils Runeberg desentraña el misterio del delator en tres círculos concéntricos de complejidad creciente, dando lugar a tres interpretaciones sucesivas sobre una misma revelación.
Así, al igual que el teólogo de su cuento, que necesitó tres hipótesis para consumar una paradoja, Borges pisó México en tres ocasiones (1973, 1978 y 1981). Resulta tentador conjeturar que este tríptico azteca funcionó como un juego de variaciones sobre sí mismo. Un viaje en tres actos donde el argentino buscó el diálogo con sus propios santos laicos: Alfonso Reyes, Octavio Paz y Juan Rulfo.
La primera versión: el fantasma de la gratitud y Reyes, 1973
La primera conjetura de Runeberg dictaba una correspondencia especular donde la traición era el reflejo de la divinidad. Cuando Borges aterriza en México en 1973 para recibir el Premio Alfonso Reyes, llega como el reflejo de un maestro ausente. Reyes había muerto en 1959, pero seguía siendo para él “el mejor prosista de la lengua castellana”.
Allá, en los años veinte, el joven Borges había aprendido en la embajada mexicana en Buenos Aires que la lengua española podía ser clara y universal. Reyes le enseñó que se podía ser profundamente americano siendo irrevocablemente griego. Ya ciego y canónico, Borges camina por Reforma sintiendo que el fantasma de su mentor lo conduce. Ante la prensa, elogia la ceguera como una “lenta penumbra” y declara su amor por un México que, más que una topografía, es una biblioteca dictada por el mismo Reyes. Inundada por la luz clásica, esta primera versión es la de la gratitud literaria. Prueba de ello no se manifiesta con este viaje sino en años previos, cuando en un acto heroico y único de confianza, Borges le entregó el borrador de El Aleph a quien admiraba como escritor y como amigo.
La segunda versión: el tribunal de los soles y Paz, 1978
La segunda tesis de Runeberg exigía asumir el peso del conflicto frente a la historia. En 1978, Borges regresa materializando el encuentro público con Octavio Paz bajo los reflectores de la televisión.
Si Reyes fue el tutor generoso, Paz es el par dialéctico, el César de las letras mexicanas que mira al laberinto desde la modernidad. El encuentro es un choque de astros. Paz, con la vehemencia del intelectual comprometido con la causa, Borges, con el escepticismo de quien sabe que la política es una forma del tedio o de la pesadilla. Frente a los micrófonos, Paz intenta llevarlo al terreno de la historia y el destino de América Latina, mientras Borges desvía cada estocada con citas de Schopenhauer o chistes sobre el lunfardo. En esta segunda versión, México es un tribunal donde la inteligencia de Paz y la ironía de Borges se necesitan para delimitar los bordes de la razón.
La tercera versión: el silencio del páramo y Rulfo, 1981
La última conclusión de Runeberg afirmaba que la perfección a veces exige despojarse de toda retórica y rebajarse hasta lo invisible. En 1981, Borges llega a México por última vez para recibir el Premio Ollin Yoliztli. Es en la despedida de este tercer viaje donde termina de cobrar sentido la simetría más enigmática de su experiencia mexicana: su contacto con Juan Rulfo.
Aunque ambos escritores se habían conocido personalmente en la primera visita de 1973, el vínculo con el autor mexicano se lee, a la distancia, como la última estación de su aprendizaje azteca. Rulfo es el reverso de la erudición de Borges y de la arquitectura conceptual de Paz. Es el dueño del silencio que fundó un país de muertos que murmuran. Borges, que pobló sus cuentos de bibliotecas infinitas, se encuentra con el escritor que redujo el universo a un puñado de polvo en Comala. Despojado ya de la herencia clásica de su primer viaje y de la dialéctica política del segundo, el Borges del 81 se enfrenta, a través del recuerdo de Rulfo, al misterio desnudo de la tierra y las almas en Purgatorio.
En ese viaje, el argentino reconoció al hombre que había logrado la máxima hazaña borgeana, que es fundar un universo prescindiendo de la elocuencia.
Cuando Borges abandonó México en 1981, sabía que no volvería. Sus tres visitas, como las tres tesis de las “Tres versiones de Judas”, no hicieron más que confirmar una sola sospecha: que la literatura es un largo viaje de regreso hacia unos pocos amigos notables y profundos. Reyes le dio el idioma, Paz el contraste del espejo y Rulfo la revelación del silencio. Al final, la geografía mexicana fue para Borges otro de sus laberintos perfectos. Aquel donde un atleta literario camina, sin prisa, sabiendo que en cada esquina lo espera una sombra conocida.