Lo único cierto en una campaña es la incertidumbre. No conozco ni existe una sola cuyo desenlace pueda anticiparse con exactitud desde su inicio.
Claro que siempre habrá la posibilidad de hacer estimaciones y predicciones que se cumplan o se aproximen al resultado final, si se atienden y entienden todos los factores y actores en juego.
En una campaña todo es incierto, incluyendo la campaña misma.
Candidatos que nunca lo son, candidatos que dejan de serlo, candidatos que son reemplazados por otros candidatos, candidatos que mueren o son asesinados siéndolo.
Candidatas y candidatos que empiezan arriba y terminan abajo y viceversa.
Candidatos que empiezan, siguen y terminan donde mismo.
Candidatos que no saben lo que significa serlo; candidatos buenos, malos y peores.
Candidatos brillantes, inteligentes, inspiradores; candidatos opacos, tontos y aburridos.
Candidatos que corrigen a tiempo; candidatos que cambian de equipo; candidatos que aunque estén mal y tengan un mal equipo se aferran a sus creencias y se creen sus propias mentiras.
Candidatos que empiezan con un enemigo y terminan aliándose con él para derrotar a uno nuevo.
Candidatos y campañas que pasan de lo racional a lo emotivo y de lo sublime a lo ridículo.
Campañas que dan un giro en un segundo; campañas a las que en un segundo se les da la vuelta; campañas que no dan vueltas ni giran, ni inspiran, ni emocionan, ni convencen, ni sorprenden, ni aprenden, ni nada de nada.
Dentro de las campañas también ocurren todo tipo de cosas que determinan su destino.
Nunca se sabe lo que va a pasar, pero sí podemos intuir, analizar, anticipar escenarios y tener una respuesta más o menos adecuada para cada uno de ellos y no correr la suerte de lo inesperado, inadvertido, fortuito, imponderable e insondable, para que no se convierta en lamentable, irreparable, irremediable, irremontable, indeseable e inconfesable.
Cuentan de una candidata, cuya campaña es precaria y desdibujada, que se dio el lujo de desdeñar al presidente nacional de su partido, despreciando su apoyo y el de todo su equipo estratégico, a la voz de “aquí nomás mis chicharrones truenan”.
A ver si la que truena no es su campaña o le dan chicharrón a ella por arrogante y soberbia. Algo, ciertamente, incierto.
Marco Sifuentes