Política

La gran farsa moral

  • Torre Azul
  • La gran farsa moral
  • Marcelo Torres Cofiño

El discurso fue claro durante años: “no somos iguales”. Morena llegó al poder prometiendo una transformación ética, una superioridad moral frente a los excesos del pasado. 

Pero los datos, como suele ocurrir, no militan en ningún partido. 

El Índice de Percepción de la Corrupción 2025 de Transparencia Internacional coloca a México con 27 puntos sobre 100 y en el lugar 141 de 182 países. 

Es una de las peores evaluaciones de nuestra historia reciente. 

Y no, no es herencia de Enrique Peña Nieto: en 2014 México alcanzó 35 puntos; hoy estamos muy por debajo de aquella cifra.

Mientras el promedio mundial cayó a 42 puntos, México se consolida en el grupo de países donde la corrupción es percibida como estructural. 

Transparencia Internacional advierte que en contextos donde se debilitan los contrapesos, la corrupción se profundiza. ¿Suena familiar?

Andrés Manuel López Obrador repitió durante años que “el presidente está enterado de todo”. 

Si lo estaba cuando denunciaba los abusos del pasado, ¿también lo estaba frente al escándalo del huachicol fiscal, frente a los contratos opacos, frente a los desvíos en obras emblemáticas? 

¿Lo estaba cuando sus hijos negociaban para favorecer a sus amigos en obras tan delicadas como los tendidos ferroviarios del tren interoceánico, cuyas fallas ya costaron vidas? ¿Lo estaba cuando sus hermanos aparecieron en videos recibiendo dinero? 

¿Cuando José Ramiro acumuló 13 ranchos —nueve de ellos durante el sexenio presidencial— con un valor superior a 6.9 millones de pesos?

La narrativa del combate frontal a la corrupción terminó siendo un instrumento político, no una política pública. 

El resultado es evidente: opacidad en megaobras, militarización sin rendición de cuentas y una red de lealtades personales por encima de instituciones independientes. 

Los lujos de los que hacen ostentación los hijos de AMLO y los de otros líderes de Morena deberían ser muestra evidente de que su gobierno se dedicó a robar, a niveles que no se atrevióningún otro gobierno anterior.

Y ahora, Claudia Sheinbaum. Lejos de marcar distancia, ha optado por el papel más ingrato: la defensa automática. 

Desde la Presidencia se minimizan escándalos, se descalifica a críticos y se ofrecen explicaciones que en ocasiones rayan en lo absurdo. 

El mensaje es inequívoco: proteger al antecesor es prioridad de Estado. La corrupción no desaparece con discursos ni con consignas. 

Requiere instituciones autónomas, transparencia en el gasto y un Poder Judicial independiente. Justo lo que se ha debilitado sistemáticamente.

Morena prometió terminar con la corrupción. Hoy, los indicadores internacionales muestran retrocesos. 

Prometieron austeridad y vemos lujos. Prometieron honestidad y vemos encubrimiento. Prometieron no ser iguales.

Y, en efecto, no lo son: han demostrado ser más cínicos, porque utilizaron la indignación ciudadana como trampolín político para reproducir —con mayor descaro— los mismos vicios que juraron combatir.

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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