Julio fue un mes marcado por una volatilidad extraordinaria en los mercados financieros. La principal razón fue el deterioro del entorno geopolítico. Aunque a finales de junio se había alcanzado una tregua de 60 días en el conflicto de Medio Oriente, ésta perdió vigencia apenas unos días después y durante todo julio continuaron los ataques entre ambas partes.
Como consecuencia, el precio del petróleo volvió a reaccionar con fuerza. El WTI, que había retrocedido hacia niveles de 80 dólares por barril, regresó a alrededor de 100 dólares, reavivando las preocupaciones sobre inflación y crecimiento económico.
Al mismo tiempo, comenzó la temporada de reportes del segundo trimestre del año para las empresas que integran el S&P 500. Los resultados, sobre todo entre las compañías de mayor capitalización, sorprendieron positivamente al mercado y compensaron el nerviosismo provocado por la guerra. Así, los inversionistas alternaron entre dos narrativas opuestas: el deterioro del panorama geopolítico y la fortaleza de las utilidades corporativas.
El resultado fue un mercado con movimientos importantes casi todos los días, donde las expectativas cambiaban conforme aparecía una nueva noticia sobre el conflicto o un nuevo reporte empresarial.
Agosto inicia con un panorama similar. El 3 de agosto, después de semanas de fuertes declaraciones hacia Irán por el cierre del estrecho de Ormuz, el presidente Donald Trump sorprendió al anunciar avances que permitirían restablecer las negociaciones, abrir el paso marítimo y buscar un acuerdo de paz más duradero.
En paralelo, la temporada de resultados continúa confirmando la fortaleza del sector corporativo. Alrededor de la mitad de las empresas del S&P 500 ya han publicado sus cifras y 86 por ciento ha reportado utilidades por acción superiores a las estimadas por los analistas. Incluso, en términos generales, los resultados del segundo trimestre están siendo mejores que los del primero, que ya había sido un periodo sólido.
Ambas fuerzas siguen empujando a los mercados en direcciones opuestas. Por un lado, la guerra mantiene la presión sobre los precios de la energía. Un petróleo elevado aumenta los costos de producción, alimenta la inflación y obliga a los bancos centrales a mantener políticas monetarias más restrictivas más tiempo, limitando el margen para reducir las tasas de interés.
Por otro lado, la fortaleza de las empresas sigue respaldando las valuaciones bursátiles. No obstante, persiste una interrogante importante: aún no existe plena certeza de que las enormes inversiones que las compañías están realizando en inteligencia artificial se traduzcan, de manera consistente, en mayores utilidades y flujos de efectivo durante los próximos años.
Mientras esa incógnita permanezca abierta y el conflicto geopolítico continúe, es muy probable que agosto mantenga el mismo comportamiento de julio: un mercado sensible a las noticias, con episodios de volatilidad que exigirán paciencia, disciplina y una visión de largo plazo por parte de los inversionistas.