El término kardia significa lo más interior de los seres humanos, no sólo el centro corporal, sino también el centro anímico y espiritual.
El corazón tiene una función “sintetizadora” de lo racional y las tendencias de cada uno; tanto el mando de las facultades superiores como las pasiones confluyen en el corazón.
Consideramos al ser humano no como una suma de capacidades sino como un mundo anímico corpóreo con un centro unificador que otorga a todo lo que vive la persona el trasfondo de sentido y orientación.
El corazón es el lugar de la sinceridad, donde no se puede engañar ni disimular.
Suele indicar las verdaderas intenciones, lo que uno realmente piensa, cree y quiere, los “secretos” que a nadie se dice y, en definitiva, la propia verdad desnuda.
Se trata de aquello que no es apariencia o mentira sino auténtico, real, enteramente “propio”.
La verdad de cada persona suele estar oculta debajo de mucha hojarasca que la disimula, y esto hace que se vuelva difícil sentir que uno se conoce a sí mismo y más aún que conoce a otra persona.
La pura apariencia, el disimulo y el engaño dañan y pervierten el corazón.
Más allá de intentos por mostrar o expresar algo que no somos, en el corazón se juega todo, allí no cuenta lo que uno muestra por fuera, allí somos nosotros mismos.
Y esa es la base de cualquier proyecto sólido para nuestra vida. Nada que valga la pena se construye sin el corazón.
En este mundo líquido es necesario volver al corazón, apuntar hacia allí donde cada persona, de toda clase y condición, hace su síntesis; allí donde los seres concretos tienen la fuente y la raíz de todas sus demás potencias, convicciones, pasiones, elecciones. Vivimos al día, sin paciencia para hacer los procesos que la interioridad requiere.
En la sociedad actual el ser humano corre el riesgo de perder su centro, el centro de sí mismo.
Las personas nos encontramos a menudo trastornadas, divididas, casi privadas de un principio interior que genere unidad y armonía en nuestro ser y en nuestro obrar.
También se ha devaluado lo que significa hablar desde el corazón, actuar con corazón, madurar y cuidar el corazón.
Cuando no se aprecia lo específico del corazón perdemos las respuestas que la sola inteligencia no puede dar, perdemos el encuentro con los demás, perdemos la poesía.
Y nos perdemos la historia y nuestras historias, porque la verdadera aventura personal es la que se construye desde el corazón.
Hay que afirmar que tenemos corazón, que nuestro corazón coexiste con los otros corazones que le ayudan a ser un “tú”.
Que todas las acciones se pongan bajo el “dominio político” del corazón,
La fuerza única del corazón nos ayuda a entender por qué se dice que cuando se capta alguna realidad con el corazón se la puede conocer mejor y más plenamente.
Esto inevitablemente nos lleva al amor del que es capaz ese corazón, ya que «lo más íntimo de la realidad es amor».
luisrey1@prodigy.net.mx