Me ha enseñado que hacia el año 1950 un diario pudo publicar a ocho columnas la noticia de que los gobiernos de México y Estados Unidos, “con orgullo”, se congratulaban por estar ya “libres del lobo mexicano”.
Me ha enseñado que fue un trampero el que inició la recuperación de los pocos especímenes restantes del lobo mexicano cuando ambos gobiernos cayeron en la cuenta de que se habían excedido.
Me ha enseñado el camino opuesto por el que hay un comité binacional México-Estados Unidos para la conservación del lobo mexicano.
Me ha enseñado la dificultad para que el lobo mexicano se reproduzca bajo resguardo antes de ver las posibilidades que lo regresen a la vida libre.
Me ha enseñado cómo aprendió una técnica que evita el estrés de las hembras al no tener ya que sacarles sangre, como se hacía años atrás, para ver si estaban gestantes.
Me ha enseñado que el lobo le tiene terror a la especie humana, al revés de lo que la especie humana ha inventado sobre el lobo.
Me ha enseñado algo de lo que derivé un mal chiste, aunque al fin cariñoso: “El único defecto del lobo es que es monógamo”.
Me ha enseñado a leer de modo distinto o más atento el pasaje de las Metamorfosis de Ovidio donde el tirano Licaón (lícabos: lobo en griego) al transformarse en lobo en realidad vuelve a ser lo que es: un humano feroz, sanguinario. Humano, dije: no metamos al lobo en esto.
Me ha enseñado a apreciar un poema de Borges, en el que no reparé debidamente, donde “en su alta/ casa de piedra un rey ha decidido/ acabar con los lobos” y mil años después “un hombre viejo”, el mismo Borges, “te soñará en América. De nada/ puede servirte ese futuro sueño” porque este lobo habrá sido el último en Inglaterra.
La Bióloga Soto me ha enseñado que la frase de Plauto “Homo homini lupus” (“El hombre es el lobo del hombre”) que Thomas Hobbes retomó en Leviatán debe cambiarse a homo homini homo, o como sea que haya de escribirse en latín para que diga: el hombre es el hombre del hombre. Saquen de la frase al lobo.