Al igual que todos los demás seres vivos, arribamos a este mundo como un conglomerado de agua, células, oxígeno, carbono, hidrógeno y nitrógeno.
Y a partir de este estado es que debemos emprender la nada fácil tarea de cumplir con éxito el llamado “ciclo vital”: nacer, crecer, reproducirse y morir, con el añadido de lidiar con todos los cambios físicos, mentales y sociales que implica vivir cada una de esas etapas.
De algún modo, esto me recuerda un juego de palabras que apenas hace 10 años, en el entonces Distrito Federal mexicano, sarcásticamente se decía que la abreviatura D.F. significaba: “¡Defiéndete Foráneo!”, advertencia que se aplicaba a los “provincianos” recién llegados, no carente de ese tonillo de falso orgullo que suelen usar respecto de sus connacionales pueblerinos, quienes habitan en las grandes metrópolis del mundo.
El caso es que la frase mencionada y que intitula estas líneas, viene a cuento porque de algún modo y parafraseando al filósofo alemán Martin Heidegger, al nacer “somos arrojados al mundo”, sin más recursos para sobrevivir, añadiría yo, que la primaria protección parental que con suerte nos toque recibir, misma que termina pronto y muchas veces, antes de lo que imaginamos debemos salir a la jungla humana a luchar y competir por la sobrevivencia bio-psico-social mencionada.
Pero en este punto ya no estamos solos, el cerebro se ha desarrollado y paso a paso aprendemos a razonar.
Medimos, comparamos, calculamos y guardamos la información según valoremos su utilidad en la experiencia vivida.
Este mecanismo de “valoración”, nos permite moldear ese otro recurso que llegó con nosotros como una herencia genética: el temperamento.
Una predisposición emocional sanguínea que puede ser o no una ventaja según sea la forma como lo “domestiquemos”, conforme a los valores en los que creamos y confiemos como herramientas para construir eso que constituye nuestra personalidad.
Si, ciertamente nacemos lábiles y sin un manual con que enfrentar un mundo difícil. A prueba y error debemos confeccionar nosotros ese manual y así, también nuestra personalidad.