Vivimos una época en la que la inteligencia artificial está acelerando descubrimientos en campos que hace apenas unos años parecían pertenecer a la ciencia ficción.
La biología, la medicina, el software y la robótica nos ofrecen noticias sorprendentes casi todos los días.
Hablamos de genes relacionados con la longevidad, de medicamentos diseñados con ayuda de algoritmos, de robots capaces de aprender y de sistemas que resuelven problemas cada vez más complejos.
Sin embargo, hay una industria de la que hablamos relativamente poco cuando imaginamos el futuro, la aviación. Y quizá sea momento de hacerlo con mayor profundidad.
Volar es una de las hazañas más extraordinarias de la humanidad, pero la imagen que tenemos de un avión comercial ha cambiado relativamente poco en décadas.
Alas, turbinas, aeropuertos y largas horas de viaje.
Esa continuidad visual puede hacernos creer que estamos ante una tecnología madura, cuyo futuro será apenas una versión mejorada del presente; hacerlo sería un error.
La aviación está a punto de beneficiarse de una convergencia tecnológica sin precedentes.
La IA puede acelerar el diseño y la simulación de aeronaves, optimizar estructuras, anticipar fallas y transformar la gestión del tráfico aéreo. Los nuevos materiales pueden reducir peso.
La electrificación y el hidrógeno podrían abrir rutas para aeronaves pequeñas y medianas.
Los combustibles sostenibles buscan resolver parte del desafío de los vuelos de largo alcance; y la robótica puede impulsar desde sistemas autónomos de carga hasta nuevas formas de movilidad aérea.
En los próximos 25 años podríamos ver una aviación regional más eléctrica, aeropuertos mucho más inteligentes, aeronaves autónomas para determinadas operaciones y una integración inédita entre el transporte terrestre y el aéreo.
No todas las promesas se cumplirán, ni los obstáculos de seguridad, regulación, energía y costos desaparecerán. Pero la velocidad con la que se investiga y se experimenta ya es diferente.
El punto central es otro, seguimos imaginando el futuro de la aviación con las referencias del pasado.
Cuando pensamos en el avión del año 2050, solemos imaginar uno parecido al actual, pero más rápido, más cómodo y menos contaminante.
Tal vez esa sea una limitación de nuestra propia mente.
En una era en la que la IA puede acelerar el descubrimiento, el mayor desafío podría no ser construir lo que viene, sino aprender a imaginarlo antes de que nos sorprenda.