Las personas necesitamos sentir que pertenecemos a una comunidad, que puede ser familiar, social, profesional o de cualquier otro tipo. Está claro que se trata de una sensación subjetiva, pero es vital para el ser humano, pues solo nos reconocemos en los otros y nos validamos por sus opiniones y estímulos positivos.
Los lugares antropológicos son aquellos que nos aportan la posibilidad de habitarlos con sentido de pertenencia. Son lugares con significado, identidad e historia, atributos que dependen directamente de nuestra percepción subjetiva. ¿Es posible proyectar y construir con el objetivo de satisfacer la necesidad humana de pertenencia? Sin duda esta debería ser una aspiración de los arquitectos, pero más allá de la calidad de los espacios y su profundidad fenomenológica, los arquitectos no podemos hacer más para que los habitantes consideren suyos a los espacios diseñados.
Podríamos decir que la creación de lugares con sentido humano puede coincidir con la distribución y la forma de las casas y los edificios (privados y públicos) que diseñan los arquitectos, pero este sentido es mucho más amplio que el campo que abarca la profesión. Me parece que cuando una obra arquitectónica provoca el sentido de pertenencia en sus habitantes, lo hace hasta cierto punto por casualidad, ya que la organización de la vida de las personas a veces es conflictiva y desordenada, lo cual es imposible de prever en un proceso de diseño. Por estas razones probablemente son los edificios vernáculos y antiguos los que mayor sentido de pertenencia tienen para nosotros y por consecuencia, quedan excluidos gran parte de los proyectos contemporáneos e incluso los modernos.
TANGENTE
Casa maya
El geógrafo francés Jean-Marc Besse escribió en su excelente libro Habitar: “Hay un sentido humano en la arquitectura que la precede. Es en una reflexión sobre el habitar, sobre sus formas y contenidos, que este sentido humano aparece”.