Hay escenas que se repiten en cada elección: filas largas, tinta en el pulgar, fotografías frente a las casillas y discursos sobre el poder ciudadano. Durante unas horas pareciera que la democracia respira con intensidad. Después llega el silencio. El ciudadano vuelve a casa y la política regresa, muchas veces, a los escritorios cerrados, a las decisiones tomadas lejos de la calle y a las discusiones reservadas para unos cuantos.
Quizá uno de los grandes errores de nuestra época ha sido creer que la participación ciudadana empieza y concluye el día de la elección.
Vivimos en una generación marcada por la inmediatez. Las opiniones cambian en cuestión de minutos, las tendencias duran apenas unas horas y las exigencias sociales evolucionan a una velocidad que las instituciones tradicionales difícilmente alcanzan a procesar. En medio de este dinamismo, pensar que la ciudadanía únicamente debe participar cada tres o seis años resulta insuficiente para una sociedad cada vez más informada, crítica y consciente de su capacidad para incidir en lo público.
La democracia moderna ya no puede sostenerse únicamente sobre la representación política. Necesita mecanismos permanentes de escucha, legitimidad y corresponsabilidad social. Por eso hoy cobra especial relevancia un instrumento que durante años permaneció subutilizado en nuestro país: la consulta ciudadana.
El artículo 35 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos reconoce este derecho como un mecanismo de democracia directa mediante el cual la ciudadanía puede participar en decisiones de trascendencia nacional o regional. En Hidalgo, además, existe una Ley de Participación Ciudadana que fortalece esta posibilidad desde el ámbito local.
Todavía persiste la idea equivocada de que abrir temas al escrutinio social representa una renuncia de la autoridad a gobernar. En realidad ocurre lo contrario. Un gobierno que escucha amplía su legitimidad. Una democracia que incorpora la voz ciudadana reduce la distancia entre el poder y la sociedad. Existen asuntos que ya no pueden resolverse únicamente desde la lógica del escritorio. La consulta ciudadana no busca reemplazar el trabajo legislativo ni cancelar la responsabilidad de quienes fueron electos.
Escuchar no significa abdicar. Significa construir.