¿Cuántos corazones unidos en un balón? Si no fueran una fábrica de dinero, seguramente no tendríamos mundiales futboleros. Cada cuatro años una rueda de emociones gira: alegría, tristeza, enfrentamientos, gritos, festejos. Es el momento de abandonar la depresión, olvidarse del recibo de luz, del agua, las colegiaturas. Tenemos una oportunidad de vivir 90 minutos de pasión en cada juego. Luego retornaremos al estado original. Las alegrías son necesarias como los goles, hay que invertir un poco para hacerlas tangibles. El futbol, como la política, las veladas culturales mueven, alteran, tienen energía para crear y compartir. ¿Imposible?
El papa León XIV, en sus palabras sencillas y metafóricas, promueve la integración: “Quien no sabe pasar el balón, aunque tenga talento, todavía no ha entendido el juego; y quien no sabe vivir con los demás y para los demás, todavía no ha entendido la vida". Las palabras del Santo Padre me recordaron el libro de Juan Villoro: Dios es Redondo, donde él quiere situar al lector en la encrucijada de que el juego sucede dos veces, una en la cancha y la otra en la mente del público. Como texto y lector. Es un libro que explora las pasiones de los espectadores, de los críticos, de los jugadores.
El texto tiene varios epígrafes; el de Rodrigo Navarro Morales, que en el momento de la publicación tenía siete años, hace una alegoría: “En el principio Dios iba a la escuela y se ponía a jugar futbol con sus amigos hasta que llegaba la hora de irse a sus salones. Aunque Dios sabe muchas cosas, quiere aprender más y hacer cosas nuevas. Un día Dios dijo: ‹‹hoy trabajé mucho y es hora de ir al recreo››. Dios y sus amigos se pusieron a jugar futbol y Dios chutó tan duro que la pelota se cayó en el rosal y se ponchó. Al explotar la pelota, se creó el universo y todas las cosas que conocemos”.
El esférico, como un símbolo de unión e integridad, puede incluir ideas de permanencia y dinamismo. Los ojos del mundo están aquí, disfrutemos, que no nos expulsen, no estemos en fuera de lugar; si los ánimos se calientan, que no se desborden. Cuando se escuche el silbatazo de los tres pitidos, nada se puede cambiar. La llama, como la pasión, seguirá encendida para otro encuentro. Carpe diem.