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Viernes , 22.02.2019 / 18:51 Hoy

Columna de Laura Ibarra

Los besos ardientes de Francisco I. Madero a Sara

Laura Ibarra

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Entre las esposas de los presidentes mexicanos hay mujeres de muy distinta naturaleza. Entre ellas, sobresale por varios motivos Sarita, la consorte de Francisco I. Madero. No era muy bonita, pero tenía una personalidad capaz de despertar pasiones y sobresalía igualmente por su inteligencia. Hace poco se subastaron dos cartas que el dirigente de la Revolución le dirigió a Sara Pérez, que hacen ver el profundo amor que el político sentía por quien sería su esposa.

En ambas cartas destaca su romántica despedida: “Reciba de mi vida un ardientísimo beso y el amor que le tiene su… Francisco I. Madero”.

La carta fechada el 31 de diciembre del 1902 hace ver igualmente los profundos sentimientos que tuvo el hombre que comandó la primera etapa de la Revolución mexicana: “Te aseguro que ni quiero pensar en ese día que va a ser tan feliz para nosotros porque entre más pienso, más largo se me hace el tiempo que me falta.”

Pero, ¿Quién fue Sarita o, como se le conoció, “La Primera dama de la Revolución”? Sara Pérez fue hija de un hacendado de San Juan del Río, Querétaro, Macario Pérez y de su esposa Avelina Romero. A diferencia de una gran cantidad de mujeres a las que nunca se les permitió abandonar la casa familiar hasta que contrajeran matrimonio, Sara Pérez fue enviada al Colegio de Notre Dame, en San Francisco, California, donde conoció a Mercedes Madero y a Magdalena Madero, con quien pasaba vacaciones juntas en San Pedro de las Colonias.

Allí conoció, trató y se hizo novia de Francisco I. Madero. Después de seis años de noviazgo, la boda civil se celebró el 26 de enero en la Ciudad de México y el día siguiente la ceremonia religiosa. A la fecha de su matrimonio, Sara tenía 33 años y Francisco 30.

El matrimonio se instaló en San Pedro de las Colonias en el estado de Coahuila. Sara Pérez y Francisco I. Madero nunca tuvieron hijos.

Doña Sara acompañó a su esposo en toda la gira antirreleccionista. En 1909, cuando Madero fue encarcelado en Monterrey, vivió con él en la prisión. Más tarde, cuando fue trasladado a San Luis Potosí, rentó una casa cerca de la penitenciaría, pues no la autorizaron a estar junto a él.

Sara Pérez se las arregló junto con el potosino Pedro Antonio de los Santos para juntar una fianza de 10 mil pesos para que su esposo pudiera abandonar la prisión.

Cunado Madero llegó a la presidencia de la república, Sara Pérez era objeto de la burla de los aristócratas porfiristas que la llamaban “el sarape de Madero”, jugando con el nombre de Sara, el origen del presidente y el hecho de que ella lo acompañaba a todas partes.

Se dice que Sara trataba a los soldados como hijos, que a los miembros de la guardia presidencial de Madero les llevaba cobijas cuando hacía frío. Doma Sara fue promotora de unas brigadas compuestas por médicos, enfermeras y estudiantes de medicina que prestaban auxilio en los campos de batalla.

Como primera dama organizaba actos proselitistas y actividades a favor de las víctimas de las batallas, y recibía a las organizadoras de los clubes políticos, que empezaban a formarse en el país.

Aurelio de los Reyes escribió sobre Sara: “Ella abandona ovillo y aguja, escoba y trapeador y se lanza a la calle a conseguir sus derechos. Lo que ocurría en esos días era que muchas mujeres salían del hogar y fundaban clubes políticos, organizaban manifestaciones callejeras para apoyar demandas y hasta se lanzaban a la huelga.”

Después del asesinato de su esposo en el golpe de estado dirigido por Victoriano Huerta, Sara viajó a La Habana, a bordo del Cuba. En la capital antillana la ex primera dama fue recibida por una enorme multitud de simpatizantes de la causa maderista. De Cuba, partió a Estados Unidos, de donde regresó a México en 1915. Venustiano Carranza le otorgó entonces una pensión.

Hasta su muerte, Sara Pérez vivió en una casa situada en la calle Zacatecas de la Colonia Roma en la Ciudad de México. Murió casi cuarenta años después del asesinato de Francisco I. Madero.

José Emilio Pacheco escribió:

“Y entre el parque y mi casa vivía doña Sara P. de Madero. Me parecía imposible ver de lejos a una persona de quien hablaban los libros de historia, protagonista de cosas ocurridas cuarenta años atrás. La viejecita frágil, dignísima, siempre de luto por su marido asesinado.?”

Doña Sara falleció el 13 de julio de 1952, fue sepultada en la misma tumba en la que descansaban los restos del presidente Madero. Al desfile de dolientes asistieron expresidentes y numerosos políticos, también estuvo presente Austreberta Rentería, la viuda de Villa. La Revolución les dejó como legado una larga, muy larga viudez.

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