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Sábado , 20.04.2019 / 23:41 Hoy

Doble fondo

#MeToo en México y yo como mujer…

Juan Pablo Becerra-Acosta

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#MeToo es un movimiento que hay que apoyar en México. Punto. Sin matices. Sin ambigüedades. Sin vacilaciones. Sin peroratas dubitativas. Sin condiciones. Sin cobardía.

¿Qué es eso de escatimarle respaldos, señores de las redes sociales?

¿Dónde creen que estamos? ¿En el idílico país de las amazonas, donde todas están protegidas y ninguna es acosada, hostigada, abusada, violada, desfigurada, comerciada sexualmente, descuartizada, ejecutada?

No seamos desgraciados: hay miles de mujeres que son humilladas y ofendidas cotidianamente. Hay miles de mujeres que son víctimas de gaslighting: torturadas mentalmente y nulificadas en sus escuelas, trabajos y hogares.

¿Qué demonios es ese alegato, con tufo de histriónico regaño patriarcal, de que las denunciantes no dan sus nombres y que por tanto el movimiento se desvirtuó? Por Dios. Que no los confundan: las denuncias no son anónimas, son confidenciales.

Y si alguien calumnia, que el imputado se defienda, que la acusadora sea refutada, desenmascarada, que quede como una vil mitómana, pero por favor: esto no es un asunto de ser políticamente correctos, de quedar bien con las mujeres, de ser condescendientes; no, este es un asunto de moral, de educación, de cultura, de que lo decente (“The right thing to do”, dirían en Estados Unidos) es apoyar y proteger a las mujeres de #MeToo, en todas sus variantes: periodistas, artistas, enfermeras, empleadas, funcionarias, a todas.

Vivimos en un país machista, misógino, feminicida, donde no es fácil denunciar. Para las mujeres que cotidianamente son acosadas, hostigadas y abusadas en secundarias, preparatorias, universidades y en sus oficinas —vaya, hasta en sus hogares—, no es sencillo vencer el pavor a las represalias.

Recreo a mi manera la idea que hace tiempo publicó Daniel Moreno: yo en mujer. Yo no tengo que pensar todas las mañanas qué me pongo antes de salir de mi casa, para evitar que un pelafustán me lance piropos (soeces o no) que yo no le he dado confianza para que los profiera. Yo no tengo que escoger cada cosa que hago: cuidar si estoy maquillado, si luzco mis muslos, si asoma mi vientre por encima de mis jeans o leggins, si tengo escote y se insinúan mis senos, o si con ese top se traslucen mis pezones, y todo para evitar que un patán, un gato, qué digo gato, un gatete horrendo, panzón y vulgar, que me topo en mi trabajo, me empiece a acosar, a rozar mis senos y labios accidentalmente al saludarme con frases y miradas lascivas, sostenidas desde la insolencia de su poder godín.

Yo no me preocupo si van a condicionar o destruir mi trabajo porque no acepto salir y coger con alguien. Así. Tal cual. Yo no tengo que angustiarme en la oficina si hoy se va a acercar un tipejo para deslizarme chistes misóginos con connotaciones sexuales, porque el cretino solo tiene ese recurso para ligar garnachas: es impotente para conquistar una mujer.

Reconozcamos la impunidad de que gozan los abusivos poderes machos (pequeños, medianos, grandes). No escatimemos el apoyo a las mujeres del movimiento #MeToo, por más que algunas almas enfermas mientan y perpetren difamaciones.

No respaldarlas, señores, es una indecencia. Es una vergüenza histórica. Y además, estaremos confirmando que seguimos muy enfermitos de nuestro machismo…

jpbecerra.acosta@milenio.com
@jpbecerraacosta

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