Si observamos el escenario nacional, el proceso electoral ya en marcha, no dista mucho de lo que en México sucede cada que un relevo presidencial se avecina, lo que se replica en los estados y en los municipios casi de manera idéntica:
el arte de hacer política, está convertida en todo menos en política.
Su distorsión, su gestión, su quehacer y sus excesos echan a perder su sentido filosófico.
Resultado: la desestructuración de las sociedades en los tres órdenes de gobierno: municipio, estado y federación. Lamentable.
Leer, ver y escuchar a la mal llamada “clase” política -al menos a mi- siempre me ha llamado la atención y quizá de ahí mi interés en la cosa pública, en los derroteros que toman las administraciones locales, estatales y la nacional.
La política es compleja porque compleja es la población.
Difícil es llevar a cabo planes y proyectos de carácter social porque difícil es la sociedad y cada uno de quienes la integramos. Decía el inolvidable politólogo italiano Giovanni Sartori que “nuestras ideas son nuestros anteojos”.
Y sí, desde luego, y por eso, porque probablemente no alcanzamos a ver y dimensionar las ideas de “los otros” es que nos confrontamos hasta el hartazgo.
Nuestra interpretación de la política, y por lo tanto de nuestra vida, nos reduce, nos minimiza, nos encajona a vivir como vivimos.
La interpretación que hacemos de las cosas, en este caso de la política en México, en Coahuila, en Torreón, en la Laguna, no va en el sentido filosófico que debiera tener.
Padecemos, pues, de un problema de interpretación porque es “el otro”, o son “los otros” quienes proponen, argumentan y deciden tal o cual idea, y al no ser lo que nosotros pensamos en automático descalificamos su argumentación.
¿De dónde vienen y por qué piensan así el presidente, el gobernador, el alcalde? ¿Y los diputados y senadores? ¿Y los funcionarios públicos? ¿Y las y los periodistas?
Si hacemos una relación detallada de sus ideas expresadas, si las analizamos y las interpretamos desde la ciencia política, prácticamente todos nos quedan a deber.
Bueno, por ellos y ellas votamos.
Y renegamos, criticamos, los mandamos al diablo en su accionar. Pero por ellos y ellas votamos.
Porque, por ejemplo, en Torreón, el alcalde -y es de sobra conocido- mantiene en su equipo a personas que en definitiva no dan el ancho en los cargos que ocupan, que no hacen equipo, que además juegan chueco, que han hecho de la traición su modus vivendi y modus operandi.
Una administración sin lealtades difícilmente dará los resultados no que plantea el alcalde sino los que exige la ciudad, la población.
Y comunicar resultados, incluso en etapas críticas, requiere de tamaños y de capacidad.
La comunicación institucional es fun-da-men-tal, con actores pro-fe-sio-na-les y no “grillos” sino servidores públicos que funcionen, que solo se pongan una cachucha y una playera y estén comprometidos con la construcción social y la legitimación de sus actos.
El día que Torreón -como Coahuila y México entero- tenga equipos de trabajo gubernamental sólido desde su área de comunicación social, moralmente probo e ideológicamente correcto, ese día, lo auguro y lo aseguro, la ciudad rebasará sus fronteras con prestigio, sin desvirtuar y herir el arte de la política pública.
Antes, habremos de aprender a votar en las urnas.