No importa cómo ni la hora de informarme de fallecimientos o de contagios.
Apenas, y desde un hondo silencio, les honro con sincera aflicción, agradezco haberme permitido compartir con ellas y ellos algunos instantes de vida.
No cabe nada más.
Ni tiene sentido tratar de explicarme lo inexplicable en este tiempo de interminable dolor que se eterniza.
Decía (Octavio) Paz:
“La soledad es el hecho más profundo de la condición humana.
El hombre es el único ser que sabe que está solo”.
¿Lo sabemos? Porque hay días que preferiría no nombrar, que cuesta recordarlos porque hacerlo y ponerles fechas acaban arrebatando otro pedacito de vida.
El primero en caer por esta pandemia fue David. Pensé que su muerte sería, entre mis afectos, aislada.
Pero no, al rato tocó a Michel, un juvenil corazón que se detuvo muy pronto.
Me avisan también de Meche. E, inesperadamente de Yolanda, familiar de mis cariños imborrables.
Dolorosa pérdida, muy lejos de aquí. La remembranza correteó por mi cabeza, algo se rompió.
¿Quién siguió en este naufragio? Michel, Miguel Ángel, Ramón, Alicia, el pediatra de mis sobrinos, el papá de otra amiga, la hermana de Paty, la madre de Rita, el papá del Conta, mis camaradas Jorge Alcorcha y López Franco; o escuchar: “mi jefa ya está…”, “mi primo hermano murió”, “la hermana de…”, compañeras y compañeros de la universidad.
Cada caso empalidece la esperanza, arrincona, conduce hacia una orfandad real y virtual.
Nos abrumamos, padecemos de ansiedad, desespera, faltan el aire y los suspiros. Otra noche.
Otro despertar confiado, saludo a un montón, irradio ganas de vivir, renace mi fe, apelo a las bendiciones del cielo, me encomiendo a Dios, sonrío feliz ante quien amo: mi hija. Recibo mensajes, cadenas de rezos y plegarias.
Aplica una psicología humana preocupada, de difícil existencia fuera de casa.
Hay que trabajar, ir a la oficina, arriesgarse en este Torreón que ensombrece con sus calles que destilan olor a miedo.
La suerte está echada.
Debo reinventarme, repensar, abrazarme a mí mismo, ahuyentar pensamientos insanos.
Creer que soy amor y doy amor. Que mantengo un espíritu libertario que vencerá a este yugo que me cerca.