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Viernes , 19.04.2019 / 10:03 Hoy

Columna de Juan María Naveja Diebold

El capitalismo y su problema existencial (Parte IX)

Juan María Naveja Diebold

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El hombre siempre le ha atribuido a Dios lo que no puede explicar o controlar. Después de todo, alguien tuvo que poner ahí al sol y la luna, alguien tiene que controlar cuando llueve y nieva y alguien tuvo que crear nuestro universo. El capítulo pasado introdujimos el concepto de humanismo, la tendencia ideológica contemporánea que desde la era del Renacimiento empieza a poner al hombre al centro del universo y no a dios.

Hemos entendido por qué llueve, por qué nacen las estrellas y cómo manipular a la naturaleza a nuestra voluntad. El humano ha reemplazado a sus propios dioses al hacer esto y entrado a una existencia de autoservicio. Lo que hacemos, lo hacemos para nuestro propio beneficio y placer. Sin embargo, a lo largo del siglo XX, conforme exaltábamos a nuestra humanidad cada vez más, lo hacíamos con la expectativa de una barrera clara: el hombre podrá llegar a entender el misterio de su propia existencia, pero no a modificarlo. El siglo XXI ya está retando esa barrera y a Dios con D mayúscula.

La ciencia nos ha llevado a entender que los humanos somos producto de un proceso evolutivo de las especies. Un proceso de minúsculas modificaciones a lo largo de millones de años producidas por adaptación a eventos fuera de nuestro control. Bueno, ya cubrimos hoy que esos eventos ahora están casi en nuestro control y en capítulos pasados cómo los avances en genética, biomecánica y farmacéutica nos están creando el equivalente de un control remoto evolutivo en el cuál podremos acelerar la evolución del humano en cuestión de unas cuantas generaciones en lugar de millones de años.

En aquellos capítulos discutimos las consecuencias de la decisión, ahora basta con decir que la mera posibilidad de hacerlo es una culminación del humanitarismo. El humano entiende y está en control de su destino y, al menos por ahora, absolutamente todos vivimos al servicio de nosotros mismos y de otros humanos. Tanto así que hemos cambiado al mundo a nuestro gusto y placer. Le hemos arrebatado a “dios” su creación.

Las consecuencias de esta ideología son innumerables y a un simple vistazo a la no tan remota historia de nuestra especie claramente identificables. Mencionemos nada más un ejemplo, al endiosar al humano lo hemos hecho infalible ¿No me creen? Le hemos encontrado una justificación moral a absolutamente todos los comportamientos; las adicciones, obesidad, identidad sexual, predisposición la violencia, la personalidad e incluso la productividad son el resultado de factores que no están bajo el control de las personas en el siglo XXI. Nadie es culpable, todos somos víctimas; nadie es malo, todos hemos hecho lo mejor que podemos. Podemos manipular la continuidad y tiempo en el universo, pero no los siete pecados capitales. Esos siguen siendo de Dios.

No me malentiendan, ningún capítulo en esta serie busca emitir un juicio de dónde está la humanidad al arranque del siglo XXI, solo es un ejercicio cartográfico. No tendría ningún sentido regresar a la época de la Inquisición. El humano se ha puesto al centro del universo porque es donde se ve con el lente que nos alcanza la tecnología actual. Eso cambiará con el tiempo de maneras inesperadas, como lo ha hecho hasta ahora.

juanmaria7@gmail.com
www.osomaloso.com

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