Cultura

Josep Maria Fradera: “¿Los aztecas eran más buenos que Hernán Cortés?”

Entrevista

Para el historiador catalán, autor de ‘Colonias para después de un imperio’, la historia no es un tribunal, “es la construcción del mundo que nos fuerza a nosotros a entender y a entendernos”.

El catalán Josep Maria Fradera se siente en casa en México. Su generación de historiadores formados en las décadas de los 70 y 80 en España entendió que la historia de su país estaba prácticamente aislada o vista como un apéndice fracasado de la historia europea, sin la perspectiva americana, novohispana.

Mi generación rompió un poco con esto. Y, en mi caso particular, México, Nueva España, jugó un papel muy grande en ello”, refiere en entrevista el catedrático de la Universidad Pompeu Fabra, especializado en el colonialismo europeo y ganador del Premio Anagrama de Ensayo 2022 por su estudio Antes del antiimperialismo. Genealogía y límites de una tradición humanitaria.

Nos dimos cuenta que la Península (Ibérica) no era un mundo aislado, sino que solo se podía entender bien lo que significaba dónde vivieron nuestros antepasados, en qué espacio vivieron, si nos acercábamos, por lo menos, a una perspectiva americana”, agrega el historiador de los siglos XVIII y XIX.

Para aquellos jóvenes investigadores en la etapa final del franquismo eso no resultó suficiente; no obstante, encontraron el respaldo en instituciones y profesores de la UNAM y El Colegio de México.

Y, frente al inminente centenario de Miguel León-Portilla —el 22 de febrero—, aborda la trascendencia del historiador.

“Yo he aprendido mucho de David A. Brading, de Enrique Florescano, de Miguel León-Portilla, de los historiadores del Colmex y de la UNAM, de los que estudian la literatura, de los que estudian las lenguas, las lenguas como se hablaban aquí, gente cercana a este contexto: Antonio Alatorre, Margit Frenk, de quienes estudiaron las lenguas indígenas también y que hicieron aportaciones fundamentales.

“Eso yo lo entiendo como parte de la cultura española. Sí, es que yo soy español, pero también soy catalán, y el catalán fue prohibido (durante el franquismo), nunca tuve clases en catalán en la universidad, hasta el segundo año de la carrera; y en la escuela nunca fui tratado como un otomí, por decirlo de algún modo; no tuvieron muchos miramientos conmigo”, recuerda durante la charla en Guadalajara.

Y reivindica como parte también de la cultura española a pensadores nacidos en este lado del Atlántico.

“Sor Juana Inés de la Cruz es parte de la literatura española y de la cultura española, se mire como se mire. Y fray Servando Teresa de Mier también y Carlos Fuentes y Octavio Paz... Un chico educado español que no sepa quiénes son estos personajes es un ignorante”, dice el autor de La nación imperial.

Considera a los nacionalismos de cualquier tipo uno de los peores enemigos para que los buenos historiadores se sigan haciendo preguntas pertinentes, sin complejos, lejos de todo apriorismo que contamine el valor de las reconstrucciones históricas que están tratando producir en su quehacer diario.

Y augura que la ultraderecha en España volverá al poder e intentará reforzar de nuevo los mitos fundacionales, como el de la conquista de América, como la gran aportación de España al mundo.

“¿Para qué van a servir estos mitos de construcción de una nación ideal que nunca existió? ¿De qué nos van a servir en nuestros tratos con China o para evitar que la guerra en Ucrania se convierta en una guerra de verdad para todos los europeos, que es algo que pueda pasar?”, cuestiona.

“El mundo enfrenta riesgos enormes, pero los historiadores tienen la obligación de pedir calma”, dice.

Advierte que la política de Donald Trump de Make American Great Again (MAGA) no aporta beneficios a estadunidenses humildes, de a pie, sino solo a un grupito, pero ya acota su permanencia.

“¿Van a tener trabajo, mejores salarios, mejor sanidad, mejores escuelas? Probablemente, no. Pero van a seguir votando a esta nueva versión del imperio que beneficia claramente a un grupo muy pequeño de individuos que son los que financiaron su campaña electoral y ganaron, evidentemente con un Congreso que está actuando de manera miserable, que no hace nada y cede en todo, con una Corte Suprema que no puede intervenir porque no tiene control de la mayoría, y con instituciones amenazadas.

“Pero los historiadores pueden decir algunas cosas sobre esto. Los historiadores nos dedicamos a estudiar crisis de regímenes políticos en el pasado. Todos, como el Tercer Reich de Adolf Hitler, pensaron que iban a durar mil años; los emperadores romanos lo creyeron, pero nunca lo consiguieron. ¿Por qué? Porque uno tiene que observar con mucha atención las tensiones internas, y estas pueden llevar a situaciones muy complicadas. Y si el voto popular todavía sirve de algo, ahí debería expresarse. Trump no ha llegado al primer término de su mandato, ya hay conflictos en muchos lugares. Y ustedes, los mexicanos, van a ser una parte muy importante de eso, forman parte de la ecuación”.

Fradera (Mataró, 1952) antepone el conocimiento de la historia, que tiene que apelar a la totalidad, como un antídoto a las manipulaciones políticas, a los nacionalismos, y rechaza que sea un tribunal, como, a su juicio, la utilizó Andrés Manuel López Obrador al exigir perdón a España por la Conquista.

“La historia no es un tribunal, es la construcción del mundo que nos fuerza a nosotros a entender y a entendernos”, agrega mientras advierte sobre el entrometimiento de la política en las ciencias sociales.

Y rebate al expresidente mexicano: “López Obrador podrá decir lo que quiera, pero el imperio azteca fue destruido con un sistema de alianzas en el que los españoles fueron unos más junto con otros”.

Aunque también rechaza las posturas en España y México de quienes niegan que haya habido colonias.

“Las migajas de la historia se reparten desigualmente y siempre con violencia. La función de los universitarios, del mundo intelectual, es dar claridad sobre estos procesos, explicar sus complejidades, no tratar de fabricar la visión de quiénes eran los buenos y quiénes eran los malos, porque eso en historia nunca existió. ¿Quiénes eran los buenos? ¿Quiénes eran los malos? ¿Los aztecas eran más buenos que Hernán Cortés? No. Eran parecidos, se parecían mucho. Entonces, no hay que pedir perdón, lo que hay que hacer es entender y no complicarse la vida pensando en estas cosas”, sostiene Fradera

Y cita a historiadores mexicanos, como Florescano, o británicos, como Brading, que hicieron ver a sus colegas españoles que no era solo un imperio allá y una colonia acá, sino un conjunto de mundos que gravitaban en torno a una enorme capital virreinal y a una capital imperial donde estaba el centro de una monarquía, que ni siquiera tenía capital en sus principios porque Madrid existió hasta el siglo XVIII y Felipe II gobernaba desde El Escorial, sin ver a sus súbditos ni tener conocimiento de ellos.

“Eran muchos mundos, lo que el historiador británico John Elliott llamó ‘mundos compuestos’, ‘monarquía compuesta’. Muchos mundos, cada uno con su lógica y esas lógicas se ensamblan. Porque no quiere decir que no exista la Colonia, que no exista el imperio, que no existan relaciones, tensiones coloniales dentro de esto. Por supuesto que sí. Pero son mundos que cada uno tiene su dinámica, y esas dinámicas es lo que nosotros pensamos que era necesario conocer”, apunta el experto.

¿De qué manera influyó la política para aquella visión de la historia que prevaleció?

Tiene una explicación fácil. Es decir, la palabra clave ahí es: nacionalismo. (Por ejemplo), Nueva España no era una nación; era un mundo. Ese mundo se convierte finalmente en un Estado y un Estado nacional. Un Estado nacional quiere decir que tiene que forjar, desaparecida la monarquía, nuevos nexos de lealtad hacia el centro, el centro quiere decir quién manda. Y el centro no es una cuestión estrictamente de democracia, sino simplemente de unas referencias, una identidad, una identidad que tritura muchas otras identidades previamente existentes. La cuestión es cómo pasar del mundo anterior monárquico-céntrico a un mundo nacional-céntrico. Y eso ocurrió de los dos lados, y eso es interesante.

¿Del lado de España cómo ocurrió?

A mi generación, aparte del episodio de la Guerra (civil) —después podemos hablar sobre el exilio, que es crucial— no se nos explicaba la historia de América prácticamente. Se nos explicaba la Reconquista, la expulsión de los musulmanes, de los judíos, con poco arrepentimiento. Ahí podían haber pedido perdón muchos antes que lo hiciesen otros. Pero no se nos explicaba eso. Se explicaba España como una realidad que tenía que imponerse a la fuerza desde que en Covadonga, en Asturias, empezaron a crecer los reinos cristianos. Pero eso no es la visión de los contemporáneos de esa época. Esa es la visión del siglo XIX de lo que tiene que ser la nación. Y la nación arregla la historia, para que la historia se vea como una especie de proyectil que va dirigido a ser esa nación.

Eso es porque permite forjar las lealtades de los súbditos que con mayor o menor participación política —la palabra democracia es excesiva hasta un cierto momento—, tendrán que pagar sus impuestos y servir al Estado. Pero no es una cuestión estrictamente de violencia sobre ellos, sino también de crear un consenso de que forman parte de un grupo. Y eso exige un esfuerzo de fabricación de esa identidad, de esos símbolos, de esa obediencia, finalmente, y también del castigo que acompaña a la obediencia.

Miguel León-Portilla publicó en 1959 La visión de los vencidos, que ha tenido repercusiones tanto en la historia como en la política. ¿Qué fue lo que más le sorprendió de este libro?

Una buena pregunta. Porque lo de León-Portilla tenía mucha importancia, la visión de los vencidos. Que no era absolutamente desconocida, porque la catástrofe del siglo XVI, que no es tanto la Conquista como las epidemias posteriores, la caída de la población y los reacomodos de población de una parte a otra, y la imposición de una estructura, muy pequeña, militar, funcionarial y eclesiástica, porque sin los eclesiásticos todo esto no tiene explicación posible, esto se conocía. Bartolomé de las Casas provocó una discusión enorme en toda América, no solo en Nueva España, sino en el conjunto de otras partes conquistadas en el siglo XVI. El primer vaciamiento de indios fue en el Caribe, completo en unas islas, cosa que explica muchas cosas, cómo se fueron llenando con otro tipo de esclavitud. León-Portilla no ignoraba eso, sabía que había existido un debate (Valladolid, 1550-51), pero que se había cerrado en falso en el lado peninsular, eso no preocupó demasiado una vez que se establecen las instituciones.

¿Cómo fue que se cerró en España el debate?

Los españoles tienen la mala costumbre de decir que España no tuvo colonias, tuvo reinos, quieren decir que era un gobierno beatífico, pacífico, de eclesiásticos que enseñaban el cristianismo, no sé qué, no sé cuánto. Es completamente falso. Eran colonias con todo esto, con instituciones, con frailes, todo eso forma parte. Ese mundo era tan complejo como eso. Eso León Portilla lo sabía perfectamente, pero él tenía razón en que no eran solo los españoles los que tenían que rescatar la voz de tantos grupos, que hasta el siglo XX estaban al margen prácticamente de la vida de la república, sino que los propios mexicanos tenían que reconocer la complejidad de las relaciones internas entre grupos, unos grupos sobre otros y un poder virreinal que en realidad era un poder con novohispanos, un poder que utilizaba novohispanos que siempre, como pasa en todas partes, establecía la primacía de unos sobre otros y la regulaba, y la reguló con bastante éxito para permanecer, en realidad hasta 1821, por lo menos. Muchas de esas contradicciones siguieron después, el Estado mexicano hereda lo que había sido el gobierno virreinal y lo prolonga y de qué manera. Y lo prolonga hasta el presente.

¿A su generación de historiadores cómo les influyó?

Eso para nosotros fue un toque de alarma también muy serio, porque además encajaba hacia dónde iba la historiografía europea a partir de los años 60, cuando los historiadores sociales empiezan a preocuparse por saber más de campesinos y obreros, y no simplemente de aristócratas, nobles, juristas, juristas eclesiásticos. Y eso también sucede dentro de la propia historia europea, donde hay muchos indios dentro, por decirlo de algún modo, gente analfabeta que tenía dificultades para levantar su voz frente a los grandes poderes; es decir, que no somos mundos separados afortunadamente.

¿Cómo se explicaba eso antes?

Yo crecí en la España de Franco, que era la de la misión civilizadora de España en América (que España no existía, era una monarquía compleja, formada también por muchos mundos internos y tal). Pero lo que fue el exterminio musulmán, por un lado, y la conquista de América en su trasfondo posterior, se explicaba muy mal, a nosotros no se nos explicaba nada. Primero fue la destrucción de todo un mundo musulmán que estaba prácticamente en toda la península, y después la expulsión de los judíos y de los moriscos, y la persecución continuada de los descendientes de aquellos. Claro, eso no correspondía con la visión del franquismo, que era todo lo contrario: un país de cristianos, buenos, sanos, obedientes a la Iglesia y al rey, y obedientes a la iglesia y al Estado, pero todo eso era ocultando todas estas realidades, no solo las imperiales, globalmente, sino también las internas.

Pero esa visión del franquismo prevalece en muchos sectores.

Los historiadores mexicanos tienen que darse cuenta que la monarquía era una monarquía alemana que derrota a las comunidades de Castilla; en 1521 los comuneros con capital en Valladolid son aplastados. El gobierno de los Austrias ha escarmentado a la propia sociedad castellana, ha incorporado a los vascos y ha marginado a la vieja corona de Aragón que la ha dejado en un rinconcito. Pero rescatar todo eso y verlo con los pies en el suelo y no volando con esas imaginaciones de los regímenes, en este caso dictatorial... Y el problema no es exclusivamente Franco, murió Franco, el país cambió, pero muchos de estos mitos permanecen inconmovibles.

Ahora, cuando el presidente López Obrador insistía —desde mi punto de vista, equivocadamente— en que el rey tenía que pedir perdón, la respuesta siempre era la misma: “No, si España no tuvo colonias, tuvo reinos”. Como si se tratase de un trato entre iguales. Si no era un trato entre iguales en la península, ¿cómo se iba a hacer un trato entre iguales en un lugar lejano donde uno podía entrar con el ejército en un determinado lugar y hacer un exterminio? Pero, esta es mi posición como historiador, y la de muchos colegas españoles, porque la historiografía española ha cambiado, y hemos encontrado siempre socios, gente con quien hablar y discutir de eso en América, aquí y en otras partes de América Latina.

La exigencia de López Obrador es política, no desde la historia; él es político, no historiador.

La historia tiene unos objetivos que la obligan a unas restricciones metodológicas y teóricas, de que cada cosa tiene que pensarse por sí misma; el discurso político no, el discurso político trabaja con grandes trazos: todos ustedes piden perdón y los otros dicen: No, no, si nosotros lo hicimos muy bien, hasta las violaciones mejoraron. Fabricaron “la raza cósmica”, esa que nadie sabe lo que es. Hay un racismo implícito en eso tan grande que ya se delata por sí mismo.

Bueno, está el lema de la UNAM: “Por mi raza hablará el espíritu”.

Ya queda un poco viejo esto, tendrán que cambiarlo algún día, tendrán que borrar eso, ya lo sé. Yo tiendo a ser optimista. No hemos hablado de la esclavitud, que es algo que se añade posteriormente. Si al imperio español lo quieren ver como glorioso, que hagan lo que quieran, pero después viene la esclavitud cubana. Una de las grandes reservas esclavistas del mundo fue Cuba, con 400 mil esclavos trabajando en las plantaciones de caña. ¿Eso cómo lo van a explicar? Pero no podemos caer en el desánimo, porque hay muchos historiadores españoles que ya no comparten esa idea, que están viendo estas cosas, y nosotros en la universidad tenemos que obligarnos a mostrarles que hay que ir al archivo, que hay que rescatar todo, desde las conversiones que consigue un franciscano hasta la mina en Perú, donde los indios estaban ahí tres semanas y a muchos los sacaban muertos, porque la plata era la sangre del imperio, lo que convirtió al imperio español en una parte fundamental del mundo del siglo XVI hasta XVIII por lo menos, era esa plata que es la sangre del imperio, el imperio circula a través de eso.

Pero sería un error caer en la trampa contraria; es decir, pensar que los mexicanos fueron oprimidos, los mexicanos no existían, que los novohispanos fueron oprimidos. Por cierto, a Cuba, llevaron muchos yucatecos también, muchos murieron en las plantaciones. Los cubanos tendrían que pedir perdón, porque esos yucatecos morían en las propias plantaciones o en los barracones. Es decir, que aquí hay para todos, se puede repartir mucho. Pero el antídoto es que la historia tiene que apelar a la totalidad, y la totalidad incluye desde la explotación más cruel hasta los consensos intelectuales que se fabricaron.

AQ / MCB

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José Juan de Ávila
  • José Juan de Ávila
  • jdeavila2006@yahoo.fr
  • Periodista egresado de UNAM. Trabajó en La Jornada, Reforma, El Universal, Milenio, CNNMéxico, entre otros medios, en Política y Cultura.
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