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Miércoles , 20.03.2019 / 12:47 Hoy

Columna de Juan María Naveja Diebold

El capitalismo y su problema existencial. (Parte VII)

Juan María Naveja Diebold

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En la entrega pasada exploramos cómo se quiere organizar gubernamentalmente la humanidad en 2019, pero no cómo se quiere reglamentar. A lo largo de nuestra historia hemos recurrido a fuentes canónicas que nos dan una dirección básica del bien y el mal. Sobre-simplificando nuestra basta historia ética hemos tenido religión y justicia, hoy en día en México, biblia y constitución.

Aunque los abogados y sacerdotes puedan pontificar, ultimadamente ambos documentos y todo nuestro sentido ético como individuos y sociedad se reduce a que una serie de acciones están bien y otras están mal. Todos sabemos intrínsecamente que robar, mentir y hacer trampa están mal, pero recientemente las personas se preguntan más y más si está mal robarle a alguien al que le sobra, si está mal mentir si nadie se entera y si está mal hacer trampa cuando todos hacen.

No le tomó a la humanidad miles de años empezar a hacer estas preguntas, pero siempre habíamos tenido instituciones fuertes que respaldaban la rectitud ética: la iglesia y el Estado. En los últimos 20 años la Iglesia Católica ha perdido la autoridad moral, el Islam se ha radicalizado y todas las otras religiones han perdido creyentes al por mayor. Más allá de la escandalosa corrupción gubernamental, cada vez más sillas presidenciales son ocupadas por gobernantes que hasta se burlan de sus constituciones.

Nada de esto significa que la humanidad ha abandonado el bien o busque la anarquía. Al contrario, hemos demostrado tener una necesidad imperativa de tener un compás moral y a la falta de instituciones dominantes que nos orienten, la sociedad ha recurrido a sus sentimientos. En lugar de dejar que los textos religiosos y las constituciones determinen el bien y el mal, la sociedad ha venido a juzgarlo por el efecto de un comportamiento sobre los sentimientos de los afectados. Hiciste sentir mal a alguien, estuvo mal lo que hiciste. Hiciste sentir bien a alguien, estuvo bien.

En principio no suena mal. Nos preocupamos tanto por nosotros como por los demás y evitamos los conflictos de interés que puedan tener las instituciones que tradicionalmente ponen las reglas. El problema es que todas las acciones tienen infinitas consecuencias y nada de lo que hacemos es totalmente positivo (ni negativo).

Alguna vez un misionero me dio el ejemplo que fue a donar ropa a África. Como consecuencia destruyó el comercio de ropa local en la comunidad que visitaba y la familia honesta que lo llevaba tuvo que unirse a una de las guerrillas. Otro ejemplo es el accidente vial que mata a alguien que a su vez era un criminal.

A pesar de toda la tecnología y conocimiento acumulado, la humanidad no tiene una respuesta definitiva de cómo distinguir el bien y el mal. Muchos intentan hacer lo mejor que saben o pueden, pero finalmente no hay una respuesta absoluta. Conforme avancemos en el siglo XXI y se enlacen las consecuencias de esta moral sentimental empezarán a salir las consecuencias comunales a esta distinción de bondad y maldad.

juanmaria7@gmail.com
www.osomaloso.com

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