Cada vez que estalla un conflicto, aparece la misma promesa: esta guerra será rápida, quirúrgica y decisiva. Los misiles de precisión, los drones y la superioridad tecnológica supuestamente permitirán doblegar al enemigo sin necesidad de invadir su territorio. Sin embargo, la historia militar demuestra que ninguna guerra se ha ganado exclusivamente con bombardeos o con el lanzamiento de misiles. Solo con la excepción de la campaña aérea de la OTAN que resultó en la capitulación de Yugoslavia (Serbia y Montenegro), para terminar la Guerra de Kosovo.
El poder aéreo puede destruir ciudades, puentes, bases militares o infraestructura estratégica. Puede ejercer presión política o militar. Pero rara vez resuelve por sí mismo las complejas realidades territoriales, sociales y políticas que determinan el resultado final de una guerra.
En la Guerra de Vietnam, Estados Unidos lanzó millones de toneladas de explosivos sobre Vietnam del Norte. A pesar de esa superioridad militar, el conflicto terminó sin una victoria para Washington.
Algo similar ocurrió en la Guerra de Irak. Los ataques aéreos masivos lograron derribar al régimen iraquí en pocos días. Pero ese país entró en una prolongada etapa de insurgencia e inestabilidad que demostró que destruir un régimen no equivale a construir un orden político estable.
La Guerra en Afganistán confirmó esa misma lección. Durante veinte años una coalición internacional empleó bombarderos estratégicos, drones y misiles de precisión contra una insurgencia irregular sin lograr una victoria definitiva.
Incluso en Europa ocurrió algo parecido. Los bombardeos de la Guerra de Bosnia demostraron que el poder aéreo puede influir en el curso político de un conflicto, pero difícilmente lo resuelve por sí solo.
Las guerras modernas también revelan otra dimensión cada vez más visible: su enorme costo económico. La invasión rusa en Ucrania se ha convertido en uno de los conflictos más costosos del siglo XXI. La guerra recientemente iniciada muestra que cuanto más sofisticadas se vuelven las armas, más costosas se vuelven las guerras. Los Estados Unidos, Israel, Irán, países vecinos y aliados están gastando diariamente cientos de millones de dólares en misiles, sistemas de defensa antimisiles, drones y despliegues militares.
Pero el problema también es estratégico. Para ganar una guerra existen tres caminos clásicos: destruir al enemigo, ocupar su territorio o quebrar su voluntad de lucha. Destruirlo puede ser suficiente, pero no siempre necesario. Ocupar su territorio puede ser necesario, pero no siempre suficiente. Y quebrar su voluntad puede ser el factor decisivo. A pesar de todos los avances tecnológicos, las guerras siguen requiriendo algo que ningún misil puede sustituir: control del territorio y control político.
El futuro de los conflictos parece moverse en dos direcciones. Por un lado, las grandes potencias desarrollarán capacidades cada vez más sofisticadas para proyectar poder y mantener liderazgo regional y mundial. Por otro, muchas doctrinas estratégicas se concentrarán cada vez más en la disuasión y defensa del propio territorio.
En medio de esta dinámica aparece un elemento que pocas veces se discute con franqueza: la guerra también sostiene un enorme complejo industrial y tecnológico cuya actividad crece con cada conflicto.
Las guerras casi siempre comienzan con objetivos aparentemente claros y promesas de resultados rápidos. Pero la experiencia demuestra que las guerras tienen una enorme facilidad para escapar al control de quienes las inician. Basta un error de cálculo, una escalada inesperada o una resistencia mayor de la prevista para que un conflicto que parecía breve termine convertido en una guerra larga, costosa y políticamente difícil de cerrar.
Iniciar una guerra toma minutos. Terminarla puede tomar años.