El 5 de mayo de 1862, en Puebla, un ejército mexicano mal armado derrotó a las tropas francesas, consideradas las más poderosas del mundo. Fue un triunfo inesperado que frenó, aunque temporalmente, las ambiciones imperiales de Napoleón III.
El mariscal Lorencez llegó convencido de que México sería un paseo militar. “En unas semanas derrotaremos a los mexicanos”, dijo con soberbia. La realidad lo desmintió. La resistencia mexicana mostró que la arrogancia de las potencias suele ser su mayor debilidad.
Aunque Francia regresó con más tropas y logró imponer a Maximiliano, la batalla de Puebla tuvo un efecto profundo: retrasó la invasión, fortaleció la moral nacional y exhibió al mundo que el poder francés no era invencible. Esa derrota, sumada al fracaso del imperio en México, fue una grieta en la imagen de Francia como potencia global y preludio de su declive.
Además, la batalla tuvo un impacto indirecto en la Guerra Civil estadounidense. Al frenar a los franceses en México, se evitó que Napoleón III pudiera apoyar de manera más abierta a los estados confederados. La victoria mexicana contribuyó a que los Estados Unidos mantuvieran aislada a la Confederación y consolidaran su propio triunfo.
En México, sin embargo, solemos restarle importancia. La reducimos a un acto cívico y la vemos como un triunfo efímero. Pero el 5 de mayo fue mucho más, fue la demostración de que un país en crisis podía desafiar a una potencia mundial y alterar el curso de su historia.
Paradójicamente, donde más se celebra es en los Estados Unidos. Desde finales del siglo XIX, comunidades mexicanas en California comenzaron a conmemorar la fecha como símbolo de orgullo y resistencia. Con el tiempo, se transformó en fiesta cultural: desfiles, música, gastronomía, ferias y expresiones de mexicanidad. Hoy, ciudades como Los Ángeles, Chicago o Houston convierten el 5 de mayo en un escaparate mexicano, más que en un recuerdo militar. Allá, el 5 de mayo es identidad; aquí, apenas memoria.
Un hecho que debería llenarnos de orgullo es que Porfirio Díaz fue el militar mexicano que más veces derrotó a las tropas francesas, con victorias decisivas como Miahuatlán y La Carbonera, además de su participación en la defensa de Puebla, aunque no fuera el comandante en jefe. Esas hazañas le valieron reconocimientos durante su exilio en Francia, donde recibió homenajes militares y el honor de portar la espada de Napoleón frente a su tumba en Los Inválidos.
En la historia mundial, el paralelo más cercano es el Duque de Wellington, quien al frente de una coalición británica, española y portuguesa acumuló múltiples triunfos contra Napoleón en la Península Ibérica y culminó con Waterloo. La diferencia es clara: Wellington contó con una alianza internacional; Porfirio Díaz, en cambio, lideró fuerzas mexicanas con recursos limitados y logró doblegar repetidamente al ejército más temido de la época.
Revalorar el 5 de mayo no significa copiar la celebración estadounidense, sino reconocer que esa victoria nos pertenece. Que fue un acto de resistencia frente a la intervención extranjera y que, en tiempos donde la soberanía se discute de tantas formas, recordar que México supo defenderla es más que un gesto histórico, es un debate actual.
El 5 de mayo no debería ser solo una fecha en el calendario. Debería ser un recordatorio de que incluso los pueblos aparentemente débiles pueden desafiar a las potencias. Francia ganó la guerra en el corto plazo, pero perdió su prestigio en el largo. Y esa lección sigue vigente.
Hoy, cuando vemos el conflicto en Medio Oriente, la analogía es inevitable. Las potencias creen que la fuerza basta, que la superioridad militar asegura la victoria. Pero la historia enseña otra cosa: la soberbia de un imperio suele estrellarse contra la resistencia y convicción de un pueblo, lo cual puede cambiar el rumbo de cualquier guerra.