Política

La vida cotidiana, historia que casi nunca protagoniza

Hablar de la vida cotidiana a lo largo de la historia es hablar de lo que casi nunca se consideró digno de ser contado. Mientras los cronistas enumeraban guerras, tratados y dinastías, millones de personas se levantaban al amanecer, cocinaban, trabajaban, enfermaban, se reproducían, envejecían y morían sin dejar rastro. La humanidad evolucionaba a golpes de acontecimiento; la vida cotidiana, en cambio, se sostenía en la rutina, en la necesidad y en la adaptación constante.

En la prehistoria, la vida cotidiana estaba completamente subordinada a la naturaleza. Cazar, recolectar, fabricar herramientas o cuidar el fuego eran actos vitales, no actividades especializadas. El tiempo se medía en ciclos: el día y la noche, las estaciones, la migración de los animales. Lo cotidiano estaba marcado por la incertidumbre constante, pero también por una relación, sin intermediarios, con el entorno.

De la Antigüedad solemos imaginar grandes culturas, templos y riquezas. Sin embargo, la experiencia diaria de la mayoría estaba marcada por la precariedad: largas jornadas de trabajo, una esperanza de vida corta y una dependencia absoluta del clima y de la tierra. Comer no era un acto cultural sino una urgencia. La vida cotidiana no aspiraba al progreso, sino a la supervivencia.

La Edad Media no fue solo castillos y catedrales. Fue también oscuridad doméstica, frío persistente, enfermedades inexplicables y una religiosidad que impregnaba cada gesto cotidiano. La rutina estaba organizada por campanas: rezar, trabajar, obedecer. El tiempo no pertenecía al individuo, sino a un ser superior y a los señores feudales. Vivir era repetir. Cambiar, una amenaza.

La modernidad prometió una ruptura. Con la ciudad, el reloj y la fábrica, la vida cotidiana se reorganizó bajo una nueva lógica: la productividad. El tiempo dejó de ser cíclico y se volvió lineal, medible, explotable. El hogar se separó del trabajo, pero no del control. La vida diaria se llenó de horarios, normas, manuales de conducta. La disciplina sustituyó a la fe; el progreso, a la salvación.

El siglo XX, con sus conflictos mundiales, volvió a sacudir la vida cotidiana, pero no necesariamente para emanciparla. La tecnología prometió comodidad, pero introdujo nuevas formas de dependencia. La rutina se volvió más rápida, más ruidosa, más fragmentada. La vida cotidiana ya no se organizaba solo alrededor del trabajo, sino también del consumo. Existir implicaba producir, pero también comprar, desear, exhibir.

Hoy, la vida cotidiana parece haber alcanzado un extraño clímax: nunca estuvo tan documentada y nunca fue tan frágil. Todo se registra —comidas, trayectos, emociones— pero casi nada se comprende. La rutina está mediada por pantallas; la intimidad, por algoritmos. Es posible trabajar desde casa, pero nunca dejamos de trabajar. Estamos conectados todo el tiempo, pero cada vez más solos.

Por eso, observar la vida cotidiana a lo largo de la historia no es un ejercicio de nostalgia, sino de una reflexión y análisis profundos. Nos obliga a preguntarnos qué ha cambiado realmente. Si somos más libres o solo más eficientes. Si la tecnología nos ahorra tiempo o nos lo roba de otra manera. Si la rutina actual es una conquista o una nueva forma de servidumbre.

Quizá el mayor error ha sido creer que la vida cotidiana es trivial. En realidad, ahí se han jugado, se juegan y se jugarán los grandes cambios de la historia. Reescribir la historia desde la vida cotidiana no significa negar los grandes acontecimientos, sino devolverles contexto, recordando que el progreso nunca se manifestará si no cambia la forma en que la gente vive sus días.

Tal vez ha llegado el momento de que la historia deje de mirar solo a los grandes personajes y hechos considerados trascendentales y se atreva, por fin, a observar lo que siempre estuvo ahí: la vida común, repetida, obstinada. Esa que, aunque nadie celebre, sostiene y cambia al mundo todos los días.


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Juan Manuel Díaz Organitos
  • Juan Manuel Díaz Organitos
  • General retirado del Ejército Mexicano
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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