La memoria afectiva tiene formas inesperadas de fijar los grandes momentos de la historia. Para el mundo, 1968 quedó marcado por revueltas, ideales y tragedias; para México, por la herida profunda de Tlatelolco. Pero para mí, que entonces era un niño, aquel año también quedó grabado en un objeto muy distinto: un camión verde pistache que avanzaba majestuoso por las calles de la ciudad. El famoso “camión 76”.
Ese autobús, un imponente GMC de la línea San Rafael, Aviación y Anexas, destacaba entre el transporte público de la época. En un entorno donde los camiones solían ser viejos y maltratados, el 76 era una excepción luminosa: limpio, cuidado, impecable. Su conductor, joven y siempre sonriente, transmitía una energía positiva que convertía cada viaje en un pequeño refugio de normalidad en medio de un año convulso.
Mientras yo admiraba al 76 desde la banqueta, mi vida seguía otro rumbo. Mi madre, convencida de que la ociosidad era la raíz de todos los vicios, me inculcó desde muy pequeño la idea de trabajar. A los ocho años ya había sido aprendiz de panadero, de ayudante de albañil, ayudante de una vulcanizadora y proveedor de una lonchería, oficio que me llevó a recorrer el mercado de la Merced, distinguiendo la frescura de frutas y verduras como un experto.
Como cobrador de camión mi mundo se expandió. Mi lugar estaba en el camión 134, un International de la misma línea, con don Rogelio como chofer, hombre de memoria prodigiosa de cada calle, historia y personaje de la ruta. Desde la base en La Santísima, frente a la iglesia del mismo nombre, los autobuses se desplegaban a la famosa colonia Santa Julia, cruzando La Lagunilla, Tlatelolco y la colonia San Rafael; al oriente hacia las colonias Caracol, Arenal, Aviación Civil y Pantitlán y los destinos más lejanos en Santa Cruz Meyehualco y la Cárcel de Mujeres. Recorridos que atravesaban geografías y realidades distintas, acompañados por relatos de choferes que formaban una auténtica mitología del asfalto.
Pero el 68 no se quedó en las anécdotas de ruta. La tensión social terminó por alcanzarnos. En los días más radicales del movimiento estudiantil, las calles se convirtieron en escenario de protestas, y una de las formas más comunes de manifestación era incendiar autobuses. Para desgracia de la línea, el camión 76 fue uno de los sacrificados. Su estructura verde pistache quedó reducida a un esqueleto carbonizado cerca del Zócalo, a pocas calles de nuestra base.
Recuerdo que subí al 134 y le di la noticia a don Rogelio: “quemaron el 76”. Él asintió con tristeza y añadió: “Sí… y el chofer lloró al ver su camión destruido”. A mi corta edad no entendía la política, ni el porqué del conflicto, ni quién tenía la razón. Pero sí entendía el dolor de aquel conductor joven que vio arder su sustento y su orgullo. El 76 desapareció para siempre; sus cenizas se barrieron del centro de la ciudad y nunca volvió a existir otro camión igual.
Esa pérdida, frente a la magnitud histórica del 68, es también parte, por supuesto que mínima, de la memoria de ese año. Porque el movimiento afectó la vida cotidiana y se vivió en las plazas, en las rutas, en los mercados y en los barrios. La historia no solo se escribió en noticias y protestas, también en los silencios de quienes vieron arder su trabajo sin entender del todo por qué.
En el imaginario de ser empáticos con el dolor de un chofer que perdió su camión, ¿por qué nos cuesta tanto entender el dolor colectivo que dejó el 68? ¿Por qué seguimos discutiendo si conviene recordar o avanzar sin olvidar, cuando la verdadera pregunta es qué estamos haciendo hoy para no repetir los errores que incendiaron aquel año?
Porque si algo demuestra la historia —y también el destino del camión 76— es que cuando la inconformidad se ignora, cuando se deja de escuchar y cuando la soberbia sustituye al diálogo, siempre termina ardiendo algo más que un autobús.