Cultura

¡Dylan, Dylan, Dylan!

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  • ¡Dylan, Dylan, Dylan!
  • Juan Carlos Hidalgo

Las canciones no son poemas. Eso es claro. Pero si forman parte de la literatura. En su origen la poesía surgió aparejada a la música –comparte muchas de sus características-. Conserva esa oralidad que la transforma y la dota de una esencia distinta a cuando únicamente se lee en silencio. La crítica más vetusta pretende denostar a una canción por no ser poesía. ¡Vaya criterio obtuso! Vamos, que la literatura no sólo se escribe, también es una experiencia vivencial (ahí está el caso de Michi Panero, por poner un ejemplo; un escritor en toda regla prácticamente sin obra publicada).

Las primera horas del jueves 13 nos sorprendieron con la maravillosa noticia. Un músico había ganado el Nobel de Literatura. ¡Dylan tenía el premio! Varios años se le incluyó entre los candidatos, pero el triunfo se antojaba algo imposible, impensable; y en 2016 el milagro ocurrió. Luego era previsible el alud a favor y en contra. A botepronto comparto la apreciación del siempre lúcido escritor Leonardo Tarifeño: “El rock no necesita el reconocimiento de ninguna academia, pero ya que lo reconocen pues genial. ¡Viva la apertura mental, venga de donde venga!”. Y basta con señalar el virtuoso manejo del lenguaje de parte del nativo de Duluth, Minnesota, –ya sea en versos, canciones o intervenciones orales-. Tan puntual –como suele serlo- la BBC nos recordó algunas de las canciones cuya fuerza de imágenes y manejo escritural denotan las altas cotas de calidad de parte de un autor que fue crucificado también por los puristas del folk a mediados de los sesenta.

En “A hard rain’s a gonna fall” (Dura lluvia va a caer) de 1963 se escucha:

“Vi a un recién nacido rodeado de lobos salvajes

Vi una autopista de diamantes que nadie usaba

Vi una rama negra goteando sangre fresca

Vi una habitación llena de hombres cuyos martillos sangraban

Vi una escalera blanca cubierta de agua

Vi diez mil oradores de lenguas rotas

Vi pistolas y espadas en manos de niños pequeños

Y es dura, dura, dura

Muy dura la lluvia que va a caer”.

Al publicarla Dylan explicó que cada línea era el principio de una canción, pero al no tener tiempo de escribir cada una las juntó en una sola. ¡Literatura aplicada a la música por donde se le mire!

Ya me esperaba una efusiva reacción de parte del compositor Israel “Belafonte” Ramírez, cuya obra abreva, sin lugar a duda, en las canciones del norteamericano. “Subterranean homesick blues” es una influencia fundamental en el músico mexicano. Siguiendo su muro fue que leí el atinado apunte de Takeshi Edmundo López: “Que haya ganado Bob Dylan reafirma lo que siempre he creído, que la poesía si no se canta carece de vida”.

Dylan fue más allá de la canción de protesta, tocó aspectos religiosos, se hizo cronista de la Norteamérica depauperada, plasmo momentos de intimismo laberíntico y en los últimos años funge como un estudioso de la interesante tradición de la música popular de su país con gran amplitud de miras -¡Vamos, que ahora canta a Frank Sinatra como antes lo hizo con Woody Guthtrie, el prócer vagabundo del folk más combativo!-.

Se puede valorar o no a los Nobel, pero en esta ocasión la Academia sueca le quitó su férreo corsé, su corrección política y compromiso con las grandes causas y temas. Ahora que se está cerrando un ciclo de la cultura popular –con la música como uno de sus ejes fundamentales- es importante un acontecimiento de esta naturaleza; jamás estará de más una valoración de la canción como forma de arte. Cierto, algunos de los viejos héroes van muriendo y el proceso de transformación del rock no se detiene –por mucho que se decrete su supuesta muerte ad nauseam-. Ojalá y que se cumpla el vaticinio del cineasta y escritor Kyzza Terrazas a propósito de que en un futuro se premie al hip hop. ¡Ya nada es imposible!

En ese sentido es muy interesante la aportación de la periodista y músico Patricia Peñaloza: “¡Qué grata sorpresa, el Nobel para Bob Dylan! Punto para el rock, para la canción popular. Este año ha sido de mucho peso para los clásicos del rock. No quiero sonar funesta en un momento de gloria, pero es como si hubiera un acuerdo universal en ir despidiendo con altos honores, esos fragmentos luminosos que dieron forma a la 2a mitad del siglo XX y mucho de nuestra sociedad popular contemporánea, y poco a poco se nos van extinguiendo... ¡Salve, Dylan!”.

Apenas un día antes del otorgamiento del premio escribía un texto a propósito de algunos viajes en búsqueda de canciones perfectas e incluí “Ballad of a Thin Man”, cuya letra dice en un momento preciso: “Entregas tu entrada/ y vas a ver al payaso/ que inmediatamente se dirige a ti/ cuando te oye hablar/ y dice, ¿Qué se siente al ser como un aborto?”. A Robert Zimmerman le sobra repertorio inmortal; es una figura cuya leyenda se extiende más allá del bien y el mal. Ha sabido ser contradictorio y reivindicarse sólo para sí mismo. A sus 75 años, el suceso poco le debe de interesar –no ha aparecido a recoger otros importantes galardones como el Príncipe de Asturias del 2007-.

No forma parte de las modas, procede a su ritmo y su tempo; es un especie de universo western en expansión. ¿Quién hubiera creído que un músico-poeta tomara el relevo de Toni Morrison en 1993 en cuanto al Nobel y los Estados Unidos? No puedo sino conmoverme con las palabras escritas por el joven poeta

Diego Espíritu: “La poesía, como lo sabemos, está en todas partes. La forma es un pretexto de lo poético para hacerse tangible y poder comunicarse a través del lenguaje. Ya sea canción o poema, la poesía está y permanece. Y sí: estoy muy contento. No ganó sólo Dylan, sino también se reconoció una forma diferente de abordar el fenómeno poético que, para nada, es nueva, pero sí constantemente relegada por el canon. ¿Escuchan eso? Es el sonido de las vestiduras que se rasgan”.

No puedo sino cerrar con un fragmento del argentino Rodrigo Fresán, un especialista tremendo en el artista, del que Letras libres republico su texto Por siempre Dylan del 2004 y reviste gran belleza y precisión: “Es una cálida noche del verano 2004 en Barcelona y Bob Dylan acaba de estrenar el tramo español de su infatigable Neverending Tour —subtitulado esta vez con el nombre de Avallon Ballroom Tour—, y ahí está el verdadero judío errante: cantando, con voz crocante y las garras sobre el teclado de un piano, aquello de “Ella me mira a los ojos y sostiene mi mano y me dice ‘No puedes repetir el pasado’, y yo le digo ‘¿No puedes? ¿Qué quieres decir con no puedes? Por supuesto que puedes’.” Y el modo en que Dylan interpreta esta canción —titulada “Summer Days” e incluida en Love and Theft, uno de los party-records más bizarros de la historia— es la mejor y más incontestable evidencia del asunto”.

circozonico@hotmail.com

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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