Hoy me remonto a mis felices días de infancia en mi añorada Ciudad Lerdo de antaño…la acequia por la calle Donato Guerra, que llevaba agua corriendo a las huertas, con sus ranas y tepocates bajo la fronda de aquellos enormes fresnos, las tardes de juegos en la esquina de la casa en aquellos veranos en que las horas de juego se prolongaban hasta muy noche; se jugaba en la calle con mínimos temores.
Aún había barrio, teníamos vecinos, la gente estaba en la calle, se platicaba, se convivía, sabías que el vecino de al lado era policía bancario, que la señora del otro lado era maestra, el de enfrente era ingeniero en recursos hidráulicos; se disfrutaba laexistencia común.
De todas aquellas remembranzas, que suenan hoy a placer prohibido, no hay alguna que disfrute más que recordar los colores, sabores y aromas de las frutas en el verano. ¡Qué disfrute! Primero aparecían los chabacanos, luego los duraznos, los melones, las sandías, las pitayas y en pleno verano llegaban los higos, tunas y granadas.
Para mí, los más esperados eran los nísperos, veía aquellos árboles flacuchos que poco a poco maduraban esas pequeñas frutas que parecían manzanitas y que iniciaban con un verde tierno; apenas dejaba que pintaran de color café amarilláceo y disfrutaba de su sabor dulzón y su consistencia de manzana seca, nunca me gustaron muy maduros.
Así pasó el tiempo, las acequias perecieron con el desarrollo inmobiliario, los coches se volvieron más abundantes que aquellos tepocates, los fresnos fueron talados y donde estuvieron anclados aquellos troncos monumentales,sólo hay vil cemento, la calle ya no fue segura y dejamos de frecuentar a los vecinos.
Pero los nísperos seguían ahí, esperando cada verano, ahora en menos jardines, en huertas más alejadas, pero siempre en el mercado.
El destino me llevaría muchos años después allende la otrora “región más transparente” y en el increíble mercado de Sonora tuve un choque cultural con una señora que vendía nísperos, pero eran de color amarillo y parecían ciruelas.
A falta de internet, una enciclopedia de una biblioteca me sacó inicialmente de mi error, tres viveros, dos mercados, un hermano mayor y como 20 personas no lagunerasdespués, supe que las frutas amarillas eran realmente nísperos japoneses Eriobotryia japónicay que “nuestros nísperos” no existían.
Pasaron muchos años para que pudiera descubrir,por accidente, que nuestros “nísperos” eran “jujubes” de un árbol asiático de nombre científico Ziziphusjujuba, que de alguna forma llegó a la Laguna para quedarse.
No habrá tema más difícil de tratar que convencer a un Lagunero que está equivocado al respecto, que crecimos diciéndoles níspero a los que no eran y como los asqueles (no hormiguitas), los moyotes (no mosquitos), el reborujo (no confusión) y el zacate (no pasto) nos hacen patria chica, creo que pasarán muchos años antes de que digamos convencidos: “con la canícula, llegan los jujubes”. Aproveche Usted los últimos de este año, mientras sobrevivimos a esta canícula…
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