Política

Marx y Engels, elogio de la amistad

El cartujo camina en la noche rumbo al monasterio. Llueve y hace frío; la calle, llena de charcos, está oscura y desierta. Disfruta la soledad, avanza sin prisa, perdido en los recuerdos de aquellos años cuando en la puerta de su cuarto había pegado un póster de Carlos Marx y en el librero albergaba sus obras más importantes, algunas subrayadas hasta la desesperación.

Entra empapado a su pequeña celda, prende una vela, se cambia de ropa y saca una caja debajo de la cama donde guarda algunos libros. Ahí están el Manifiesto del Partido Comunista, en la edición de Editorial Progreso, y los tres tomos de El Capital. Crítica de la Economía Política, traducidos por Wenceslao Roces para el FCE.

Vuelve a leer con emoción la prosa de Marx y Engels en el Manifiesto, sus frases rotundas, como cuando escriben: “Todo lo sólido se desvanece en el aire; todo lo sagrado es profano, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas”. El Manifiesto, publicado en 1848, es vibrante, violento, un perentorio llamado a la unión de los proletarios del mundo para poner los cimientos de un nuevo orden social a través de la revolución. Marx estaba cerca de cumplir 30 años y Engels tenía 27 cuando lo escribieron en Bruselas, donde estaban exiliados; se habían vuelto amigos en 1844 en París y su amistad permanecería sin fisuras a lo largo del tiempo.

El más grande pensador

Hace 200 años —el 5 de mayo de 1818— nació Marx en Tréveris. Engels lo llamó “el más grande pensador de nuestros días”. Lo dijo ante su tumba, en Londres, y lo escribió en el prólogo a la tercera edición alemana de El Capital, fechado en noviembre de 1886: “Marx no ha tenido la suerte de poder corregir para la imprenta la tercera edición de su obra. Aquel formidable pensador ante cuya grandeza se inclinan ahora hasta sus propios enemigos, murió el 14 de marzo de 1883”, dice conmovido y agrega:

“Sobre mí, que perdí con él al amigo de cuarenta años, al mejor y más inquebrantable de los amigos, a quien debo lo que no podría ser expresado en palabras, pesa ahora el deber de preparar para imprenta esta tercera edición y el de redactar el segundo volumen, tomando como base para ello los papeles inéditos legados por el autor. Daré cuenta al lector, aquí, del modo como he cumplido la primera parte de este deber”.

La correspondencia entre Marx y Engels es una lección de confianza y lealtad, de diálogo intelectual no exento de crítica. En una carta de abril de 1858, Marx pide la opinión de Engels sobre su teoría del capital y le habla de sus males físicos: “La bilis me impide casi sostener la pluma, la cabeza se me dobla sobre el papel y todo me da vueltas”. En otra se burla del autor de El origen de las especies: “Es maravilloso cómo Darwin reconoce entre las bestias y las plantas a la sociedad inglesa, con su división del trabajo, su libre concurrencia, la apertura de nuevos mercados, los ‘inventos’ y la ‘lucha por la existencia’ de Malthus. Es el bellum omnium contra omnes y le recuerda a uno al Hegel de la Fenomenología, donde la sociedad burguesa figura como ‘reino animal espiritual’, mientras que en Darwin es el reino animal el que aparece como sociedad burguesa…”.

Como una pesadilla

En las cartas de Marx, son frecuentes las menciones a sus males físicos; a veces le impedían avanzar en la redacción de El Capital, pero siempre lograba sobreponerse, corregía, resumía, tachaba, escribía nuevos capítulos. Quería publicar juntas la primera y la segunda partes, pero el tiempo se le echaba encima, su editor alemán lo apremiaba, y al final desistió. Por eso le escribe a Engels, lector imprescindible de todos sus trabajos y siempre preocupado por la salud de su amigo: “puedes estar seguro de que haré todo lo posible por dar cima cuanto antes a este trabajo, que gravita sobre mí como una pesadilla”.

Engels le responde: “Mucho me alegra el que lo del libro vaya de prisa, algunas de las expresiones de tu carta anterior me habían hecho sospechar si te encontrarías de nuevo en una de esas repentinas encrucijadas en que se va aplazando todo sin fecha fija. El día en que vea impresa la obra me emborracho sin remedio, a menos que vengas tú al día siguiente y podamos celebrarlo juntos…”.

El más entusiasta promotor de El Capital fue Engels: buscó espacios en periódicos y revistas, escribió cartas a sus amigos y numerosos comentarios en distintos medios. Durante un tiempo en Alemania, nadie dijo nada de la obra de Marx y éste se desesperaba. Le escribió a Engels: “El silencio en torno a mi libro empieza a ser inquietante. No oigo ni veo nada. Los alemanes son buenos chicos. Sus servicios como lacayos de los ingleses, los franceses y hasta los italianos en esta ciencia, los autorizan, indudablemente, a ignorar mi libro. Nuestros amigos de allá no saben agitar. Haremos, ya que no podemos hacer otra cosa, lo que los rusos: esperar. La paciencia es la clave de la diplomacia y de los éxitos de Rusia. Lo malo es que nosotros, simples mortales, que solo vivimos una vez, podemos estirar la pata…”.

La respuesta de Engels fue encender la hoguera de la reflexión y la polémica para alumbrar y volver un éxito la obra maestra de su amigo, quien murió en Londres como apátrida, como un “prusiano en el destierro”, como él mismo decía.

¿Quién en la nueva izquierda mexicana lee a Carlos Marx?, se pregunta el fraile envuelto en el hábito de la nostalgia.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.

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José Luis Martínez S.
  • José Luis Martínez S.
  • Periodista y editor. Su libro más reciente es Herejías. Lecturas para tiempos difíciles (Madre Editorial, 2022). Publica su columna “El Santo Oficio” en Milenio todos los sábados.
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