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Miércoles , 20.02.2019 / 04:26 Hoy

El Santo Oficio

Leer al enemigo

José Luis Martínez S.

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El cartujo llega a la última página de Isaiah Berlin: su vida (Taurus, 2018) con desasosiego y nostalgia. Publicado por primera vez en español en 1998, este minucioso retrato trazado por Michael Ignatieff descubre a un personaje de novela en un mundo convulso. Nació en Riga en 1909, vivió el inicio de la revolución rusa en San Petersburgo, a los 11 años viajó con su familia a Inglaterra, estudió en Oxford y durante la Segunda Guerra Mundial tuvo una activa participación como redactor de los Servicios de Información Británicos en Nueva York y Washington; en julio de 1945 fue enviado por la Foreign Office a Moscú para escribir un informe sobre las relaciones norteamericano-soviético-británicas. Ese viaje cambió su vida, conoció a Borís Pasternak y Anna Amájtova, víctimas del estalinismo, y decidió, sin desviaciones, su largo camino contra la intolerancia, su apasionada defensa de la libertad.

Las tragedias de su tiempo crearon en Berlin la necesidad de conocer a sus adversarios, de tratar de entenderlos, de leer a quienes no compartían sus ideas. En una de sus conversaciones con Steven Lukes (Lo singular y lo plural, Página indómita, 2018) lo expresa con claridad: “Me aburre leer a la gente que, por así decirlo, es aliada, a quienes piensan más o menos como yo. Y es que a estas alturas determinadas cosas parecen básicamente un catálogo de lugares comunes. Todos las aceptamos, todos creemos en ellas. Lo interesante es leer al enemigo, porque este atraviesa las defensas, encuentra los puntos débiles. Me interesa saber qué es lo que falla en las ideas en las que creo, saber por qué estaría bien modificarlas o incluso abandonarlas”.

Esta es una de las lecciones de Berlin, uno de los grandes pensadores del siglo XX: entender al otro. Una lección inapreciable en esta época de polarización y fanatismo, de considerar enemigo a quien no coincide con nuestros puntos de vista en vez de propiciar el diálogo y la revisión de nuestras propias ideas para, dado el caso, “modificarlas o incluso abandonarlas”.

Berlin aprendió en Inglaterra el arte de la consideración y las buenas maneras, presente en su liberalismo. Valoraba el respeto a los demás y “la tolerancia de la disensión”. El pluralismo y la libertad —decía— “son mejores que las rigurosas imposiciones de sistemas omnicomprensivos, por muy racionales y desinteresados que sean, mejores que el imperio de mayorías frente a las cuales no hay posible apelación”.

Cuando se acalla a las minorías, cuando se ataca la disidencia, la vida se empobrece, eso lo sabía el autor de Dos conceptos de libertad, quien emprendió el reto de estudiar a profundidad la obra de Carl Marx; era su enemigo ideológico, pero quería conocerlo, por eso pasó cinco años leyéndolo, adentrándose en su pensamiento. “Fue ciertamente una experiencia tonificante, pero también solitaria”, apunta Ignatieff.

La capacidad de escuchar

En las primeras páginas del libro, Ignatieff echa una mirada a un mundo donde prosperan los partidos únicos y se fomenta el antipluralismo. Recuerda la muerte de Berlin en 1997 y se pregunta cuál habría sido su opinión sobre estos fenómenos en las sociedades democráticas. “Tratar de hacer de ventrílocuo de los muertos es una tarea inútil”, se responde con humor. Sin embardo, dice: “Berlin sigue siendo relevante, se podría afirmar, porque su pregunta fundamental —¿cómo vivir en libertad?— es más que nunca la nuestra, en una época en la que, a causa de los nuevos medios digitales y de las políticas tecnológicas de persuasión y manipulación que han surgido a su alrededor, es muy difícil distinguir entre conocimiento y opinión, rumor y hecho, verdad y ficción”. Es muy complicado tener un pensamiento propio cuando se quiere ir con la masa, cuando todo cuestionamiento a las palabras del líder o a la doctrina del partido se considera herejía.

Berlin era famoso por su memoria prodigiosa y la amplitud de sus conocimientos, le gustaban la literatura, la música, el cine, la vida social. Hablaba mucho, hilaba frases en monólogos largos y deslumbrantes, pero —dice Ignatieff— también sabía escuchar. “Al advertir sus amigos esta capacidad para escuchar, esta empatía hacia sus dificultades, empezó a adquirir, ya con veintitantos años, fama de ser persona sabia, de tener algún don misterioso de claro discernimiento humano”. Esta es otra de sus lecciones: saber escuchar.


Lealtades acríticas

Berlin detestaba las lealtades acríticas y el deseo de complacer aparecía “en primer lugar en su lista de vicios”. Durante una cena en Washington, en los días de la Segunda Guerra Mundial, uno de sus compañeros en la embajada británica lo acusó de frecuentar a una mujer de “gustos reaccionarios”, varios de los invitados le hicieron eco y la discusión subió de tono. Berlin les respondió: “Se supone que estamos luchando por la civilización frente a la barbarie. Y civilización significa libertad para elegir a tus amigos”. Tal vez —agregó— en algún momento, por una traición o alguna otra causa grave, el lazo podría romperse: “Pero hasta entonces deben permitirte conocerlos, aun si los demás te condenan por ello”.

Isaiah Berlin: su vida provoca desasosiego por la realidad de nuestros días, pero también nostalgia por ese mundo de grandes pensadores y tristeza por la suerte de tantos artistas sacrificados en el altar del totalitarismo.

Queridos cinco lectores, desde la tierra de Amado Nervo, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.

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