Ana Francis Mor empuja al cartujo al despeñadero de la nostalgia. Gracias a ella volvió a aquellos días cuando participó en la edición de Ramón López Velarde. Álbum, de Elisa García Barragán y Luis Mario Schneider, publicado por el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM en 1988 con motivo del centenario del autor de Zozobra. Deseaba entonces quemarse las pestañas leyendo todo el tiempo, pero se desvió del camino y nunca pudo retomarlo; en cambio, ella, aún como poderosa secretaria de Cultura de Clara Brugada, no olvida su vocación y regresa una y otra vez a su alma mater, el cabaret fifí —se formó en uno en las plácidas calles de Coyoacán y ahora proyecta continuar la experiencia en otro de la gentrificada colonia Roma, lejos de los asentamientos populares donde su jefa hizo su cuestionada carrera.
Por eso pretendió —o aún pretende, quién podría saberlo— despojar de su nombre y propósito a la Casa del Poeta para convertirla, entre otras cosas, en el primer “cabaret público de México”. Para ella, su nombre original es un “genérico masculino”, cuando en realidad es específico: denomina al inmueble donde vivió y murió el poeta Ramón López Velarde, el “mejor que ha habido en México”, como dice el polígrafo Marco Antonio Campos.
Al inaugurar su nuevo, y quiera Dios efímero proyecto —la Casa de las Palabras—, la Reina Chula, emocionada, viendo al infinito y quizá a la inmortalidad, dijo: “A mí me sigue maravillando mucho la posibilidad humana de comunicarnos con palabras, incluso antes de que la humanidad supiera leer y escribir”. Toda una revelación, cuando tantos pensaban con lógica torcida: primero se aprende a leer y escribir y luego se comienza a hablar, Ana Francis, experta en deshacer entuertos, puso las cosas en su lugar. Gracias nuevamente.
Gracias, sobre todo, por unir tantas voces de hombres y mujeres en defensa de ese espacio por cuya reconstrucción lucharon Pacheco, Pellicer y Víctor Sandoval, y donde se han escuchado las palabras de cientos de poetas, sin importar su género ni preferencia sexual. Gracias, como diría MAC, por su ignorancia iluminada.
Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.