En mayo de 1980, el señor Peter Vronsky esperaba el elevador en un hotel Travel Inn de Times Square, Nueva York. Al abrirse la puerta del ascensor, Vronsky cedió el paso a un individuo que sujetaba una bolsa de lona que parecía contener un par de bolas de boliche.
Vronsky no entró siquiera al elevador, pues comenzó a sonar la alarma de incendio. Una vez que los bomberos extinguieron las llamas de una habitación, agentes de la policía encontraron dos cuerpos decapitados. Las cabezas no fueron halladas.
Días después, un sospechoso fue detenido mientras torturaba a una mujer en un cuarto de hotel. El Asesino del Torso, Richard Francis Cottingham, confesó más de cien homicidios, aunque las autoridades solo pudieron confirmar nueve.
Peter Vronsky, el hombre que vio salir al asesino del elevador, se convirtió en escritor de true crime después de su experiencia con Cottingham.
¿Por qué para algunos asesinos seriales resulta tan atractiva la cabeza de sus víctimas? ¿Es por ser el “trofeo” que mejor preserva la “belleza” de su presa?
Lo cierto es que hay algo en la cabeza —y eso salpica la vista— que excita a asesinos como el taxidermista Ed Gein (1906-1984), quien, el 17 de noviembre de 1957 fue detenido cuando un patrullero de Plainfield, Wisconsin, encontró el cuerpo desnudo de la señora Bernice Worden colgado de los tobillos, decapitado, abierto por el torso y eviscerado.
Jeffrey Dahmer, también de Wisconsin, guardaba tres cabezas en el refrigerador cuando dos patrulleros irrumpieron en su departamento, el 22 de julio de 1991. El Caníbal de Milwaukee fue condenado por el asesinato de 17 adultos varones, entre 1978 y 1991.
El gigante californiano Ed Kemper pasó de la decapitación de las muñecas de sus hermanas al asesinato y desmembramiento de seis colegialas. Tras desplegar su tutorial de necrofilia, Kemper se deshacía de los cuerpos, no sin antes cortarles la cabeza.
También acabó con la vida de sus abuelos, a quienes disparó con un rifle, y con su madre, a la que asesinó de un martillazo. Tras decapitar a su progenitora, Kemper violó la cabeza. La extremidad finalmente fue colocada sobre el televisor, donde Kemper mató el tedio practicando el tiro al blanco con unos dardos.
José Luis Durán King